Una mujer es una mujer

Godard es genial

Por: Mariel Huerta

Cuando se piensa en musicales, se piensa en notas altas o bajas, en instrumentos, en acordes, en escalas, en intérpretes o coreografías... Aunque, cuando se piensa en Una mujer es una mujer como un musical, hay algo que no encaja, no es convencional. Pero, ¿cuándo algo creado por Jean-LucGodardlo ha sido?

El filme de 1961 del director francés, musicalizado por Michel Legrand, cuenta la historia de Angela (Anna Karina), una bailarina exótica que ansía tener un bebé, pero su novio Émile (Jean-Claude Brialy) se niega y sugiere que su mejor amigo, Alfred (Jean-Paul Belmondo), sea quien la ayude a cumplir sus deseos de ser madre.

El filme tiene, en realidad, muy pocas intervenciones vocales de sus protagonistas intérpretes, uno de los elementos que comúnmente hace de un musical, pues... un musical. Pero en Una mujer es una mujer la musicalidad reside no en melodías, sino en el ritmo de los diálogos que aportan cambios de tempo, crescendos, decrescendos, pianos, fortes, repeticiones y silencios...

Michel Legrand, compositor, también, del musical de 1963 de Jacques Demy, Los paraguas de Cherburgo, logra en este filme de Godard el protagonismo de una banda sonora dinámica y divertida que acompaña a la historia con acertada brillantez.

A diferencia de Los paraguas de Cherburgo, en donde los protagonistas cantan todos los diálogos y la música es continua durante 90 minutos, la música de Una mujer es una mujer juega con pausas y silencios que ayudan a dar dinamismo a la historia y énfasis a la mecánica de relaciones entre los personajes.

También como en el filme de Jacques Demy, los colores del musical son quienes aportan el valor estético en pantalla. Godard firma la cinta con rojos, azules y blancos, vestuarios coloridos, cambios de iluminación y fondos generalmente blancos que sirven para que los protagonistas resalten y contrasten.

El departamento de paredes blancas en donde viven Angela y Émile es realmente perfecto. La sencillez del lugar permite que ahí se desarrollen las más astutas escenas, como las discusiones mudas que tiene la pareja mientras se muestran uno al otro los títulos de los libros del estante.

El guión y la juguetona actuación de Anna Karina son, sin duda, importantes elementos que conforman la identidad poco común de este musical. Brialy y Belmondo no brillan por sí mismos, pero definitivamente son esenciales para el dinamismo que caracteriza al musical.

En Una mujer es una mujer tampoco hay coreografías convencionales. Nadie se une al estilo flashmob para bailar una canción en plena calle ni los protagonistas danzan solos frente al espejo para expresar un sentimiento, pero sí hay movimientos coordinados con elementos cómicos que roban una que otra sonrisa al espectador.

El triángulo amoroso del filme se expone de forma divertida, pues se juega con las personalidades de los protagonistas. El orgullo, amor, terquedad, ternura, firmeza e inmadurez serán durante toda la cinta los motivos para hacer y deshacer a capricho la red de sentimientos entre los personajes.

Una mujer es una mujer y Godard es genial. El musical de 1961 es original, atrevido, astuto y novedoso, incluso para nuestros tiempos. Logra ser un musical sin tener cantantes; logra tener ritmo con silencios y pausas; logra explotar discusiones sin palabras. Una mujer es una mujer muestra al Godard que comenzaba a experimentar y explorar para convertirse en el cineasta nunca convencional ni predecible que es.

 

Color, lucha y música

Por: Leonardo Miguel Chavarría Villalba

A diferencia de otros filmes musicales, donde el canto de cada personaje es sustancial para edificar de forma ortodoxa al género, Jean-Luc Godard, principal representante la Nueva Ola Francesa, cambia la naturaleza de la narrativa en Una mujer es una mujer (1961), donde la música está en el color y el diálogo de sus personajes, no en sus voces.

Una mujer es una mujer está plagado de colores que representan a sus personajes, la actriz principal, Angéla (Anna Karina), es una prostituta que trabaja en una casa de citas llamada El Club del Zodiaco. Ella, casi siempre vestida de blanco y rojo, es bañada de filtros de colores intensos que la someten mientras baila y canta en un escenario que permanece sobrio a pesar de los matices que la proyectan. Su amante, Émile (Jean-Claude Brialy), empleado en un puesto de libros y periódicos, siempre está trajeado de azul. Sin embargo, este tono no personifica su temperamento profundo y calmo, pacífico.

El recurso de los colores recuerda a Los paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy, cuando el tono de la vestidura de los personajes concuerda con las habitaciones en las que habitan. Una diferencia sustancial es la escenificación utilizada en las películas. Demy utiliza encuadres amplios en atmósferas grandes, mientras que en Una mujer es una mujer, la mayoría de las escenas es tomada en habitaciones pequeñas y cafeterías.

El hecho está en las intenciones que Jean-Luc Godard quiere retratar en sus películas. Al unir a sus personajes en una misma escena crea una atmósfera que capta la ideología del director: en un cuarto de paredes blancas, donde Angéla (rojo) y Émile (azul) pelean sobre tener o no un bebe, se puede divisar ─desde lejos, como lo recomiendan los vexilólogos─, la bandera de Francia, símbolo de la libertad. Y es que además Godard hace una crítica directa al capitalismo mediante estas imágenes; para él la prostitución es la representación de lo más absurdo del capitalismo. Una burla que también expuso en Pierrot el loco (1965), en una escena llena de burgueses cuyas conversaciones parecen anuncios de los productos que llevan puestos.

La relación entre los amantes llega a caer en lo infantil y lo absurdo. Al tener encuentros continuos, Émile y Angéla discuten, como siempre, sobre tener al bebé. No existen los cantos, los diálogos son cortos y los armoniza una banda sonora histriónica. Todavía discutiendo, los personajes se van a la cama, pero deciden no hablar más. Es entonces cuando Angéla continúa la pelea no con palabras, sino con mensajes indirectos en los títulos de su colección de libros.

En la búsqueda por cumplir su capricho, Angéla decide entablar una relación amorosa con el mejor amigo de Émile, Alfred (Jean-Paul Belmondo), para que éste pueda embarazarla. La manipulación siempre está presente en el filme: una mujer que juega con dos hombres para lograr su objetivo, porque ésa es su naturaleza. No existe una razón lógica. Incluso en su propio diálogo logra controlar la interpretación de la banda sonora: cuando ella habla, si lo desea, puede silenciar la música.

Jean-Luc Godard no es sutil cuando nos da a entender que lo que vemos es totalmente falso; aun los actores están conscientes de que hay una audiencia que los ve: antes de volver a discutir en su hogar, Angéla le sugiere a Émile hacer una reverencia al público antes de empezar “con su pequeña farsa”. Incluso al final de la película, después de que los amantes por fin intentar tener un niño, Angéla nos giña un ojo, rompiendo la cuarta pared. Ha cumplido con su cometido.

El arte de conseguir lo que una quiere

«Todavía hay alguien más desconocido que el soldado: su mujer».

Grupo de mujeres que depositó una corona de flores sobre la tumba del soldado desconocido en el Arco del Triunfo,  Roma

Por: Georgina Monroy Vázquez

Jean-Luc Godard, es aquel director francés que amas u odias, no existe otra opción. Al mostrarnos Une femme est une femme o Una mujer es una mujer, desafía la visión de la mujer y el hombre a principios de los años sesenta.

La trama es simple una mujer que quiere tener un bebé junto a su novio, pero como el susodicho no quiere, ella pide ayuda a su mejor amigo, ¿simple no? Hoy en día existe esa, y un millón de posibilidades más.

Sin embargo, Godard jugó con un elemento sorpresa, nos presenta a una mujer que experimenta una vida “libre” en muchos sentidos, ella no es la típica mujer hogareña  que se dedica en cuerpo y alma a atender a su hombre, ella es una stripper. Una stripper que quiere dar un giro a su vida.

Anna Karina interpreta a una mujer preocupada por ser mamá, pero eso no es razón suficiente para hacer un drama de la situación. Si pensamos en el filme Los paraguas de Cherburgo (1964) dirigida por Jacques Demy, donde la protagonista es una mujer que sufre gran parte de la historia por la pérdida de su gran amor, en Una mujer es una mujer sencillamente la trama se maneja con humor.

Lo interesante de la película es que las situaciones se muestran sin sexismos, sin los clásicos estereotipos. Lo anterior para plantearnos un misterio universal, que las mujeres simplemente somos mujeres, seres humanos complejos al igual que los hombres.

A pesar de que la liberación femenina como tal surge en 1970, Godard logró capturar ese empoderamiento femenino que poco a poco, fue tomando relevancia primero en Europa para llegar a Estados Unidos y de ahí seguir en casi todo el mundo.

Es muy interesante que al ser un musical, la primera canción interpretada por Anna Karina comience a los nueve minutos del filme. No es un musical que todo el tiempo tenga cantando a los actores y nos endulce el oído, sin permitirnos ningún momento de silencio. La música se utiliza en el momento que se debe enfatizar alguna acción o reacción de los personajes y se canta cuando se es necesario.

Además de un elemento muy notorio es que el sonido ambiente está mezclado con la música, es decir podemos escuchar todo lo que sucede en exteriores para después escuchar a los protagonistas interpretando una canción.

Jean-Luc Godard, experimentó hacer escenas en locaciones para que mostrarán una realidad más creíble, el movimiento de cámaras suele ir con los personajes, algo como si nosotros fuéramos también parte de la historia, un elemento que por supuesto nos hace cómplices en muchos momentos.

Une femme est une femme es una película por demás divertida, donde el director Godard, demuestra que muchas veces lo que consideramos ficción puede ser muy parecido a la realidad. Un tema tan sencillo que refleja la complejidad de una mujer, y también del hombre, un tema que claro está, no deja de tener temporalidad.

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