El último grito de los Sioux

El último grito de los Sioux

El caso de la construcción del oleoducto en Estados Unidos

Por: Camila Ayala Espinosa

Usurpados, segregados y olvidados, estos tres términos descriptivos pueden definir la historia de los pueblos originarios de todo el mundo. Aquellos nativos de Australia, África, América y parte de Asia sufrieron una segregación y exterminio cultural. Y esto se dio gracias a una concepción que instauraron los europeos…

El historiador Edmundo O’Gorman en su libro La invención de América[1] explica cómo se construyó la cosmovisión e idiosincrasia del continente americano. Los europeos no descubrieron un nuevo mundo, en realidad lo crearon. Fueron moldeando una imagen de la flora, la fauna y la gente del nuevo lugar al que convirtieron en un nuevo ente histórico. Esto sucedió, entre otras cuestiones, con el objetivo de hacer veraz el argumento de la necesidad de una colonización.

Lo que da a conocer el historiador mexicano se aplica a las demás culturas del mundo. Inclusive Michelle de Certau lo señala con la teatralización de la realidad.

El pueblo sioux es parte de esta construcción histórica y social. La idea que se creó de ellos (al igual que la de los demás pueblos originarios) fue que eran salvajes, personas con las que el diálogo no podía entablarse puesto que no había un mismo nivel cultural, que inclusive no poseían intelecto. Por ello, los colonizadores norteamericanos los persiguieron hasta el punto de casi acabar con ellos.

A los sobrevivientes del pueblo sioux, los llevaron a determinadas regiones, reservaciones, que fueron estrechándose. En esos campos de concentración, semejantes a los que los nazis implementaron en el siglo XX para los judíos, fueron olvidados. No se les vistió de distinta manera porque ya usaban otro ropaje, no se les colocaron estrellas de David para marcarlos porque su piel misma los señalaba.

La idea creada de lo salvaje y de que en éste no existe raciocinio, derivó en la actualidad en discriminación social que cuando no es explícita se encuentra latente en el inconsciente colectivo. Esto se refleja en las políticas públicas como es el caso de la construcción del oleoducto Dakota Access, en Dakota del Norte, justamente a lado de una reserva siux.

Un nativo americano perteneciente a la tribu sioux se encuentra sentado, desolado y solo. Su mirada esta fija en el vacío, piensa en los amigos que ha perdido y en los enfrentamientos que están por venir. La escena es parte la película A man Called Horse, en español Un hombre llamado caballo (Elliot Silverstein, 1970).

En un plano de dualidad con la película, Pequeño Hombre Verdadero, quien es el actual jefe sioux de Dakota del norte, también se encuentra reflexionando en las batallas que se aproximan. Son encuentros con fuerzas desproporcionadas.

Para Pequeño Hombre Verdadero el enemigo no ha cambiado. De nuevo y tristemente es la cultura del hombre blanco.

La razón es que se viene una reforma energética que consiste en aumentar la construcción de oleoductos en el país para la recolección estratégica de petróleo.

El territorio de la reserva Standing Rock, ubicada en los territorios de Dakota del Norte y del Sur, “y que es casi tan grande como Asturias”,[2] España, está justamente en una ruta petrolera. En un determinado momento, ahí se construirá un oleoducto.

La llegada de una tubería de petróleo al lugar profanaría uno de los últimos cementerios indígenas que hay en el mundo y, por si fuera poco, sería un riesgo ecológico y de salud hacia los miembros de la reserva.

Las decisiones políticas que hasta el momento se han tomado indican que, para el Congreso norteamericano, los indígenas no tienen voz, ni garantías individuales, lo que equivale a que no tienen futuro. Además, hay un elemento que ha quedado en el olvido: la existencia de un contrato social que garantizaba el respeto total a la reserva.

Para el filósofo Thomas Hobbes el fin del contrato social era garantizar la paz. En cambio, en la obra El contrato social Jean Jaques-Rosseau detalla que los hombres, por decisión propia, renuncian a ser libres y aceptan por igual las condiciones y los acuerdos de convivencia sociales. Esto se da con el fin de tener el respaldo de una institución que vele por sus intereses y buscar beneficios comunes.

El caso de la reserva Standing Rock es el ejemplo de que, mal que bien, sus integrantes se avinieron a la integración con la sociedad estadunidense, bajo condiciones impuestas, por la búsqueda de un respaldo. Hubo un contrato social. Fe de ello es que en 1868 se firmaron una serie de acuerdos que garantizaban el respeto total a sus tierras.[3]

Lo que el Congreso norteamericano utiliza como contrapunto es el vacío legal. Los congresistas argumentan que en el año en que se firmaron estos acuerdos no se contemplaron las construcciones de oleoductos, lo cual permite que atraviesen esas tierras.

La construcción del oleoducto es la punta del iceberg de lo que ha vivido la reserva indígena. Es una historia que recuerda el argumento de dispositivo de control de Michelle Foucault.[4] Para Foucault, el dispositivo de control se encuentra en todos los ámbitos sociales; y la estructura de este dispositivo se asemeja al de una estructura carcelaria. En conjunto, las instituciones son una cárcel.

En efecto, Standing Rock es un lugar de control. Las casas de los 8,000 indígenas que ahí viven son prefabricadas, cerca del 40% de la población es alcohólica, el 30%  consume drogas ilegales, 70% no sabe leer. Por si fuera poco, durante cuatro de los siete días de la semana se carece de agua.[5]

Además, en época electoral, ocurre un fenómeno catalogado como “feeders”, en donde miembros del liberal Partido Demócrata, ofrecen desayunos ejecutivos a la gente de la reserva para obtener votos. “El Partido Republicano alega que esto es compra de votos”.[6]

Lo lamentable del caso es que los indígenas votan por quienes promueven la creación de la tubería petrolera. Son clientes electorales de los que los azotan.

La llegada del oleoducto hará que las enfermedades respiratorias, gastrointestinales y de otro tipo aumenten. Los daños ecológicos serán irreparables, y esto provocará hambruna, ya que los syoux cultivan sus propios alimentos.

Y más aún, el cementerio tendrá su fin. Los syoux que mueran a partir del programa del oleoducto serán desechados a una fosa común y sus ancestros quedarán bajo una gran tubería. Es una agresión al pasado del pueblo, una afrenta para los que viven en la actualidad y una cancelación del futuro. Los derechos humanos de varias generaciones son, así, aplastados. También los derechos civiles, sociales y culturales así como los acuerdos internaciones que los protegen. Hay que resaltar que los Estados Unidos de Norteamérica firmaron en 2002 un acuerdo interamericano de protección cultural para los pueblos originarios.

[1] Edmundo O’Gorman (1995). La invención de América, México, Fondo de Cultura Económica.

[2] Véase en http://www.elmundo.es/cronica/2016/11/01/5813af0b22601d8b7a8b459a.html

[3] Véase en http://standingrock.org/history/

[4] Véase en http://laberintosdeltiempo.blogspot.mx/2012/07/michel-foucault-obras-completas.html

[5] Ibid., http://standingrock.org/history/.

[6] Véase en http://www.elmundo.es/cronica/2016/11/01/5813af0b22601d8b7a8b459a.html

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