Trabajar es protestar

Por: Estefanía Tinajero García

La desgastada silla de ruedas pasea por toda la Alameda Central de la Ciudad de México, es guiada por Marcelino, un hombre de 46 años. La gente lo observa mientras él acerca su mercancía, dulces, chicles y cigarros, a las personas sentadas en las bancas de piedra. Viste una playera azul, lentes negros y gorra. Unos guantes protegen sus manos, pero principalmente su anillo de casado.

Al lado de Marcelino pasan dos granaderos en dirección a Bellas Artes, él, sin voltearlos a ver, continúa ofreciendo sus productos a la gente. “Las cosas ya no son las mismas desde el cambio de gobierno y del parque, la represión ha aumentado”, dijo.

Marcelino cree que es como el viento, “sin rumbo fijo y sin dirección”.

“Puedo estar en el Zócalo, Madero y hasta en Querétaro”, comentó. En los últimos cinco años, Marcelino ha usado el transporte público desde Ecatepec hasta el centro de la ciudad y frecuenta la Alameda de las 12 del día hasta las 8 de la noche.

“Vendo más o menos, pero lo suficiente para poder vivir sencillamente. Lo que más me compran son los cigarros", explicó. Marcelino abastece el pequeño puesto ambulante que lleva en las piernas, dos veces al mes, en el mercado de La Merced.

Un joven en patineta se detiene cerca de Marcelino. Le toma una foto. Para Marcelino su trabajo va más allá de vender dulces, también es un acto de protesta. Colgado en la espalda tiene un letrero: “Mancera eres un pendejo, yo no tengo nada que dialogar con los jefes de policía. ¿Quieres que me quite?, ven tú y quítame”.

"Ya van varias veces que me sacan de la calle Madero por vender. El mes pasado tres policías comenzaron a hostigarme”, dice, mientras un joven toma un cigarro y le da una moneda de 10 pesos. Las personas hace una pausa para observarlo con detenimiento.

“Esa vez que me intentaron sacar de Madero por vender, la gente me defendió. Los policías querían que me quitara. Yo no planeo moverme ni quitarme, ni esa vez, ni ahorita. Una señora fue la que me esquinó hasta que los policías se fueron”.

Los vendedores de la Alameda procuran avisarse entre ellos, cuáles son los policías corruptos, que sólo quieren sacar dinero, y los que son “buena onda”, los que te dejan trabajar.

“Pero la verdad es que con la gran mayoría de los de la Alameda, pinto mi raya. Me dan lástima. Lo único que vienen a hacer aquí es vender sus pulseras y después drogarse. Yo mejor me alejo y continúo con mi trabajo”.

La desgastada silla de ruedas avanza por la Alameda. Una pareja joven le pregunta a Marcelino por el precio de los cigarros, él se apoya en sus brazos para explicarles la variedad que tiene. La gente lo observa mientras Marcelino continúa con su protesta.

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