Saber renunciar (Los paraguas de Cherburgo)

Por: Leonardo Miguel Chavarría Villalba

Los pequeños conocedores de filmes musicales, aquellos que denostan la ejecución de una historia porque creen que la solidez de la narrativa cae cuando sus personajes cantan todos sus diálogos, deben de estar equivocados. En Los paraguas de Cherburgo, Jacques Demy nos enseña a saber renunciar a lo perdido, a sentir la desesperación de los personajes y a admitir las condiciones a las que son orillados.

La historia se desarrolla en 1957, en Cherburgo, un puerto francés en el que la lluvia es amiga y tener una tienda de paraguas parece ser un negocio igual de redondo que el de una funeraria. La primera escena remonta a un estilo parecido al de un musical estadounidense: Guy (Nino Castelnuovo), un joven a puesto y alegre que trabaja como mecánico en un taller se emociona al recordar una cita con su novia Geneviève (Chatherine Deneuve), una chica frágil y demasiado enamorada.

Ambos chicos carecen de una familia tradicional, Guy es un huérfano que se crio con su madrina y Geneviève vive sola con su madre, Emery (Anne Vernon), dueña de la tienda de paraguas del pueblo porteño. Eso es algo que, de principio, une a ambos protagonistas, el riesgo de abandonar y ser abandonado.

En los actos previos a la partida de Guy a Argelia, Jacque Demy utiliza una lluvia calma para reflejar un presagio desastroso: la separación de dos jóvenes amantes que, a pesar de pasar la mayor parte en escenarios oscuros, están rodeados de colores vibrantes, donde las paredes de los interiores de los edificios concuerdan con la vestimenta de los personajes. Existe un orden. Además, durante esa atesorada juventud, el resto de pueblo acompaña a los inexperimentados en sus bicicletas como si la madurez amenazara con llegar.

Cuando Geneviève y su madre van a vender sus joyas para llegar a fin de mes, conocen a un diamantista, el Sr. Cassard, un ángel de la guarda, noble, que se compadece de su paupérrima existencia y se ofrece ayudarlas, indicando desde un inicio su interés por la joven Geneviève.

Pasan los meses y la correspondencia sigue sin ser suficiente, ante la desesperación por sacar las finanzas de la familia a flote, Geneviève, decide casarse con el Sr. Cassard, el diamantista. Abandonando la esperanza de guardar el amor que cultivó por el apuesto Guy.

Previo a esos eventos, Jacques Demy utiliza la escena del coronamiento de Geneviève en la cena a la que asiste el Sr. Cassard. El dinero será abundante y su matrimonio será comparable con las riquezas de la realeza.

Al pasar los dos años, Guy regresa de Argelia, madurado, acompañado de una lluvia densa que retrata su tristeza (su madrina ya le había contado acerca del matrimonio de Geneviève con el diamantista). Ante la noticia, éste se dedica a  pasearse por los burdeles a embriagarse y a vivir con desgana. En Cherburgo, nada ha cambiado, sólo él, la lluvia y la tienda de paraguas: como Geneviève, aquel frágil comercio ya no estaba allí. El amor permaneció ajeno y, en esa ausencia, Guy deterioró su esperanza.

Con el tiempo Guy y Geneviève forman sus propias familias y ambos aceptan tácitamente el amor del que fueron despojados por el sometimiento de sus crueles circunstancias. Cherburgo ahora es una ciudad en el que las bicicletas no se divisan, pero que los coches recorren. Ambos, maduros, se reencuentran por primera vez en años, aceptando su destino y sin mostrarse arrepentidos por lo que alguna vez tuvieron que renunciar.

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