El que plagia al último…

El que plagia al último…

Por: Ana Laura Jiménez Flores

Antes de comenzar con el tema que nos atañe, quiero iniciar por contar una anécdota que menciona Wladimir Chávez Vaca en un artículo publicado en la Revista Caracteres; que el autor retoma de un estudio de Kevin Perromat, quién a su vez lo toma del romano Marco Vitruvio Polión del siglo I a. C. sobre Aristófanes el Gramático, también conocido como de Bizancio; un sabio griego que dirigió la biblioteca de Alejandría, que era una de las más grandes del mundo al contener cerca de 900.000 manuscritos.

Se dice que en Egipto se organizó una competencia literaria en donde uno de los jueces era Aristófanes, discípulo de Calímaco y de Zenodoto de Efeso, fue maestro de Aristarco y se le atribuye el primer sistema de puntuación. En fin, los poetas tenían que recitar sus textos frente a un público y al jurado. Ptolomeo Filadelfo, quien era el faraón en aquella época, escuchó a cada uno de los concursantes y al final preguntó a los jueces por el veredicto. Bizancio dijo que se debía premiar al poeta que peores versos había declamado, y cuando se le preguntó el porqué, el célebre gramático griego, señaló que el peor poeta del certamen era, tal vez, el único que tenía versos propios y no había recitado fragmentos de otros. Esto hizo dudar al faraón y a sus allegados, y para quitarse de dudas se dirigieron a la biblioteca de Alejandría, ahí, Aristófanes comprobó su teoría al comparar cada poema de los participantes con los de otros autores.

Ésta anécdota no es de mi autoría, como ya mencioné, y no pretende ser plagio, sino ejemplificación para hablar sobre el tema.

El Plagio, según la Real Academia Española proviene del latín plagiāre que significa “robar esclavos” y entre los antiguos romanos significaba utilizar un siervo ajeno como si fuera propio; ahora, el término hace alusión sí al robo, pero de ideas y de usarlas como propias sin dar crédito a la fuente.

La concepción jurídica del plagio no existió sino hasta la creación de la Propiedad Intelectual, aunque en el actual glosario de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual no existe el término; así lo dio a conocer Ana Laura Nettel Díaz en su texto sobre Derecho de autor y plagio en donde menciona a  José Luis Caballero, especialista en propiedad intelectual e industrial, que dice que, “en las poco más de 22 mil palabras de que consta la Ley de Derecho de Autor y su reglamento no hay una sola que defina el plagio”.

Por otra parte, Carmen García Bermejo escribe, en un texto publicado en El Financiero y retomado por el portal de periodistasenlínea.org, que “el que la palabra no aparezca en la Ley Federal del Derecho de Autor no significa que no exista, pero es muy difícil demostrar; los artículos 144 y 78 son muy claros. El primero obliga a terceros a citar la fuente y el segundo está relacionado con la derivación, el parafraseo, la emulación de toda una serie de adjetivos que el mismo artículo refiere para decir que si el autor original no ha dado permiso para ello, también se incurre en un delito. No porque no exista la palabra, no existe la falta”.

En el mismo artículo, García Bermejo, cita a María del Carmen Arteaga Alvarado, una perito en derecho de autor, quien señala que “hay casos de excepción donde se puede hacer una libre reproducción de las obras, pero no para que otro las tome y plasme como suyas, o las parafrasee, o se apropie de una serie de elementos que hagan parecer que son de su autoría. En esos casos lo correcto es poner comillas y hacer la cita respectiva”.

Lo cierto es que la mayoría no sabe citar o entrecomillar, hasta el actual Presidente de México tiene esas “faltas de estilo”. La educación básica que se imparte en México no nos prepara para evitar el robo de ideas a futuro. La famosa práctica del copy-paste lo demuestra. Desde mi experiencia puedo decir que al cursar la primaria, parte de mis encomiendas era buscar monografías y, antes de pegar la imagen del célebre personaje histórico, tenía que transcribir el texto que venía atrás de la imagen a mi cuaderno. No analizarlo, sólo copiar; así creían los profesores que sus alumnos aprenderían, lo peor es que este método de enseñanza persiste; pero ahora los niños ya no escriben, sólo imprimen.

Si a temprana edad copiar no está mal visto ¿porque esta imagen cambiaría al crecer? Guillermo Sheridan  cree que el Plagio ataca a las universidades, “ensucia la responsabilidad de pensar, enseñar e investigar, debilita la inteligencia individual y social, asalta las arcas públicas, vitamina la corrupción, abate la calidad de la enseñanza y atiza el cinismo general, pervierten a la juventud y un extenso etcétera porque rinde tanto o más que el honesto esfuerzo”.

Hay dos maneras de decir que el plagio no es un problema: no verlo por ninguna parte; o afirmar que esta por todos lados.

  1. Schneider

Pero no todos satanizan el plagio. Para los Enciclopedistas franceses, el plagio era permitido si llevaba las grandes ideas a la mayor cantidad de personas.  Voltaire dijo: “Los espíritus más originales se piden prestado unos a otros. Los libros son como el fuego de nuestros hogares: vamos a tomar este fuego en la casa de nuestro vecino, lo prendemos en nuestra casa, lo comunicamos a los demás, y pertenece a todos”.

Pablo Picasso creía que los grandes artistas copiaban, mientras que los genios robaban. Séneca, pensaba que las mejores ideas eran de propiedad colectiva, pero la obligación del autor estaba en incrementar lo que había heredado. Como una abeja que toma el néctar de distintas flores para hacer su miel.

Para plasmar las ideas propias se debe estar alejado de la imitación, no existe la casualidad o coincidencia, no hay que caer en el homenaje ni en la intertextualidad. Evitar el plagio es apostar por dos grandes falacias: la originalidad y la autenticidad.

El poeta y narrador colombiano, José Luis Díaz Granados, recoge en uno de sus textos una cita de las memorias de Pablo Neruda: “Yo no creo en la originalidad. Es un fetiche más, creado en nuestra época de vertiginoso derrumbe. Creo en la personalidad a través de cualquier lenguaje, de cualquier forma, de cualquier sentimiento de la creación artística (…) Sin embargo, es esencial conservar la dirección interior, mantener el control del crecimiento que la naturaleza, la cultura y la vida social aportan para desarrollar las excelencias del poeta”.

Dicen que aquel que esté libre de influencias lance la primera piedra. Y es que para Luis Miguel Aguilar todo escritor que lee es un plagiario solapado, y cada texto que le es agradable es una incitación al plagio. El autor dice en su artículo “Del robo literario: cada generación debe plagiar para sí misma” que para saber plagiar no hay, primero, que saber escribir, sino saber leer. “Alguien incapaz de discernir lo que le gusta de lo que no le gusta ni siquiera se verá incitado al plagio”.

Luis Miguel Aguilar menciona que el único modo de plagiar exitosamente no es con la intención de ser superior al texto que se lee, es tomarlo como inspiración y “ser capaz de igualarlo en la lectura”, lo que él llama “merecer” el texto. Al final, como lo dice en un subtitulo en su escrito: “El que plagia al último escribe mejor”.

http://www.elmundo.es/internacional/2016/07/19/578dcb5046163f723d8b4647.html

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