Padecer de oído

Padecer de oído

Por: Leonardo Miguel Chavarría

Pasada la noche, reencontré la matemática; en la víspera, soñé con números crecientes, sumados por sus dos números previos: Fibonacci. Descubrí una brecha entre los números y la física. Escuché un compás desorientado con complejo de párkinson al que un genio otorgó ritmo; comprendí que a la música la constituyen fórmulas complicadas y que las cuerdas que hacen mover al hombre tienen su propio baile. Pero en ese vibrar acústico, la calma, en algún lugar, persiste sin desgana. Como para escribir debemos comenzar por leer, para hablar debemos primero aprender a escuchar.

En El odio a la música, Pascal Quignard se manifiesta contra la injusticia de escuchar: Cuatro de nuestros cinco sentidos están sometidos a nuestro poder: si queremos dejar de ver, basta cerrar los ojos para que la luz no intervenga; si deseamos no apreciar el sabor de la cena, no abras la boca y degusta la nada; si quieres evitar sentir el tacto, permanecer quieto podría ser suficiente, y si no gustas oler las rosas, se aconseja aguantar la respiración. Sin embargo, el sentido del oído no desaparece, nos mantiene siempre alerta: reaccionamos casi de forma inmediata cuando un rumor se asemeja a la fonética de nuestros propios nombres.

Apagar nuestros receptores del sonido es una tarea imposible aun cuando dormimos, un ruido fuerte nos levantar con facilidad de nuestras camas. Estamos forzados a escuchar desde ─incluso─ antes del nacimiento hasta el día de nuestras muertes. “Ocurre que las orejas no tienen párpados”. Esa condena es bella. Cumplirla será nuestra salvación: escuchemos con atención.

“Orejas, ¿dónde está su prepucio?” se cuestiona Pascal. Escuchar puede convertirse en un acto perverso y casi sexual. En Música, de Yukio Mishima, el personaje principal, el doctor Kazunori Shiomi, trata de curar a Reiko, una mujer que padece de “frigidez”: al tener relaciones sexuales con su prometido, no puede llegar a la culminación del acto porque, según ella, no puede escuchar música. El doctor se pregunta, entonces, si la estudiada ejecución del ritmo podría “simbolizar el orgasmo”. Las ansias de escuchar una melodía sólo podrían liberarnos de nuestra impotencia.

Siglos atrás, la música era lujo de algunos pocos, nuestros antepasados debían asistir a lugares donde algún un grupo de hombres tocara un pequeño concierto de la baja o alta cultura. Escuchar un buen ritmo era un acontecimiento importante que nos desprendía de nuestra realidad. En la era de la tecnología, para escuchar sólo hacen falta audífonos y una librería amplia de canciones y artistas. Escuchar melodías ahora es tan fácil que vivimos en un periodo de grandes cambios culturales. Movemos sociedades a través del sonido.

El recuerdo entra por nuestras orejas, cada que escuchamos una canción podemos lograr pensar en alguna persona, una mascota o en un bello paisaje; cuando hiciste algo por primera vez o incluso perpetuar tu propio pasado. Escuchar divide nuestra vida en etapas.

La música es la representación de la colaboración mezclada con la individualidad, también es un constante ejercicio del sistema locomotor. El reto aquí es seguir los ritmos que marca el baterista, pero si no logras tu objetivo, sólo es necesario escuchar la calidez del saxofón, la dulzura de la guitarra, el rebote del contrabajo o los alegatos del teclado. En este juego no puedes perder: la victoria es constante. ¿Con qué voz estás leyendo estas líneas?

Pascal Quignard, escritor francés from UnaBellezaNueva on Vimeo.

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