Ocampo Guanajuato, tierra de nadie

Por: Hasam Mancilla Ramírez Cuando los pobladores de Ocampo; municipio ubicado en la región norte de Guanajuato; supieron que en abril del 2011; comenzaría la construcción de un Centro Federal de Readaptación Social, se despertó primordialmente el temor de los problemas de seguridad que se podían generar en la entidad, ya que, como bien señaló Raúl Castillo, presidente municipal del lugar en aquél entonces, ese tipo de penitenciarias propician el acercamiento de grupos ligados a criminales peligrosos, en muchos casos con intención de liberarlos. -“¡Hay que tener mucho cuidado!”- expresaba con cierto aire de temor, como sabiendo de antemano lo que la construcción de estos centros podía llevar a la población. En diciembre de 2010, el gobierno mexicano aprobó la construcción de ocho centros penitenciarios federales, como parte de la Estrategia Penitenciaria Federal 2006 – 2012 que el gobierno de Felipe Calderón impulsó y que contemplaba el desarrollo de infraestructura en materia de penales para todo el país. El inicio no fue tan malo. De hecho, la inversión de tres mil 750 millones de pesos destinados para la construcción del penal, provenientes de asociaciones Público-Privadas, representó para Ocampo, el ingreso monetario más grande del que se tuviera registro en la zona. Gente de ese, y pueblos aledaños, comenzaron a gozar de un trabajo que sería fijo durante al menos un año, plazo en el que, el plan de migrar a los Estados Unidos, podía esperar. La entrada directa de empleos fue primordialmente para herreros, albañiles, fierreros, paileros y carpinteros provenientes de Ocampo Guanajuato y Ojuelos, Jalisco. El CEFERESO Número 12, destinado a varones sentenciados por delitos del orden federal, comenzó a ser construido en un predio de 80 hectáreas, por acuerdo de la Secretaría de Seguridad Pública Federal y la constructora de nombre Ingenieros Civiles Asociados (ICA), misma que ha llevado a cabo la construcción de diversas líneas del metro en la Ciudad de México, incluyendo la polémica Línea 12. Fue así que cuando comenzó la cimentación del penal, el temor que llegaron a sentir los habitantes de Ocampo ante la inminente llegada de algunos de los reos más peligrosos comenzó a disiparse, tal vez por la efímera esperanza que simbolizaba el salario fijo que recibían al construir una cárcel. “Lo único que van a conseguir trayéndonos un penal aquí es que grupos como los zetas aumenten sus crímenes”-dijo Ximena García oriunda de Ocampo, con 22 años de edad y una mirada que reflejaba la inseguridad de su propio futuro, -“Dicen que la construcción de este CEFERESO va a traer trabajo, pero ¿A costa de qué?”. SOBRE LAS MALAS CONDICIONES DE VIDA… La agricultura ha sido desde siempre la principal actividad económica para el municipio, 42.8% del territorio se usa para cosechar frijol y trigo. A pesar de ser una zona altamente fértil, el apoyo a los habitantes que cosechan sus propias parcelas es casi nulo, el gobierno que se autodenomina como un “gobierno con visión de futuro” parece cegarse ante las adversidades que el clima representa para la agricultura del municipio. En los últimos años, Ocampo o “la tierra de nadie” como lo llaman algunos habitantes, ha sufrido de varias intensas sequías que han impedido que sus cosechas llegaran a buen término. Aunado a las malas condiciones del clima y el rescindido apoyo a los agricultores, estos se han enfrentado a que las únicas veces que ha llovido recientemente, el agua superó los niveles propicios, hasta el punto de ahogar los cultivos y dejarlos inutilizables. La tierra fértil de Ocampo, parece olvidada y nadie está dispuesto a reclamarla. “Aquí no hay nada que nos de trabajo, sería muy diferente si tuvieramos como en Tlaxcala fábricas de madera y acero” comenta Raúl Guzmán, albañil y carpintero que trabajó durante la construcción del CEFERESO No. 12, “Y luego a eso súmele que no hay escuelas, yo por eso a mis hijas siempre les ando diciendo que se vayan a estudiar fuera, tal vez a León”. La única oportunidad para hacer una carrera técnica en el municipio de Ocampo es un Centro de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios (CBTIS). Los jóvenes conforman dos cuartas partes de la población total en Ocampo, los que tienen la oportunidad de estudiar en una universidad de León o Guadalajara, prefieren establecerse en esas ciudades para empezar una vida nueva y con mejores oportunidades para su futuro. Una vez más, la población de Ocampo tiene que huir, porque esa tierra, no les garantiza nada. En general las oportunidades que brinda el municipio de Ocampo en materia laboral, social y educativa no garantizan un óptimo desarrollo en la calidad de vida de los habitantes, por lo que a pesar, de que la construcción del cefereso trajo una mejora a sus vidas, esta duró poco, porque al término de la construcción, los beneficios que dejaron los buenos salarios, apenas se ven. SOBRE LA MIGRACIÓN A LOS ESTADOS UNIDOS… Las calles lucen vacías, el polvo se eleva entre las casas, inmiscuyéndose en la vida diaria de las personas, aumentando ese sentimiento de desamparo en que viven día a día, a causa de que las cabezas de familia han tenido que “cruzar al otro lado” en busca de mejores oportunidades y ofrecer a sus vástagos una calidad de vida diferente. La construcción del CEFERESO en Ocampo llegó en el momento indicado, familias enteras pensaban migrar a Estados Unidos, pero la visión de trabajo y salarios fijos atrajeron a miles de trabajadores que buscaban con ello conservar el núcleo familiar y preservar su patrimonio. Pero no todos tienen un apego tan fuerte a la tierra ni a las familias, como el caso de Jorge Vázquez quién migró hace 4 años en busca de un trabajo que le permitiera dar sustento a su familia. Hace 3 años que sus consanguíneos dejaron de tener noticias sobre él. Sus tres hijos todavía tienen la costumbre de preguntar dónde está su papá y cuándo va a regresar. Sara, su esposa dice que ya se resignó “la mayoría de los que se van y se dejan deslumbrar por el gabacho, mejor se quedan allá, seguro que ese cabrón ya hasta tiene otra familia”. Para Sara no hubo más que resignación, sus tres hijos: Karla de 10 años, Beto de 9 y Paco de 7, no tienen más que aferrarse a un destino incierto dónde las condiciones en el municipio de Ocampo hacen que sólo tengan dos opciones: migrar o aceptar de manera pasiva las limitaciones que se generan en la entidad. Sara es una de las tantas mujeres que se quedan solas sin ningún tipo de sustento para criar a sus hijos. Con un embarazo de alto riesgo, a sus 16 años de edad dio a luz a Karla, y 8 años después, quedó embarazada de uno de los ingenieros que participaban en la construcción del CEFERESO. Fue en una fiesta donde lo conoció, no quiso revelar el nombre pero lo describió como un tipo alto que la enamoró con unas cervezas y no fue sólo eso lo que le gustó de él sino su porte de buen hombre, caballero y foráneo que antes de que naciera el niño, regresó a la ciudad de México para olvidar que aquella señora de 25 años, lo había hecho padre. ¿Qué le esperaría a Sara?, Cerca de la casa, que comparte con su madre quien se mudó cuando Don Rodolfo (papá de Sara) murió, vive Doña Esperanza una mujer de 47 años con dos hijos vivos y con un nudo en la garganta, quien vivió desgarradores momentos al enterase del abandono de su esposo -“Segurito se enredó con una gringa que le dio un pinche hijo, y por esa nos abandonó”-. No era para menos, ya que ella en ese entonces cuidaba de sus 4 hijos y tenía que buscar manutención. Marco y Jonathan viven con su mamá en aquella casa que compartieron, por poco tiempo, los 6 integrantes de lo que parecía una familia humilde y feliz, sin embargo, Jerónimo, su padre, decidió, como el esposo de Sara, migrar a los Estados Unidos por los mismos motivos que muchos otros hombres mexicanos dejan la tierra que los vio nacer. La suerte de los otros dos hijos de Doña Esperanza, no fue la misma. Ambos perdieron la vida, uno hace 2 años y el otro apenas hace 11 meses. Fueron encontrados con heridas de balas que provocaron su muerte y con ello el terrible llanto de una madre que se quedaría abatida, por la pérdida de sus hijos por culpa de la mafia que ha acabado con la vida de tantos jóvenes. El futuro de Sara es incierto, -“Quien sabe, a lo mejor Karlita se consiga a un buen hombre que la saque de aquí y que pueda comprarse su carrito y su casita”-. Quizá no, puede ser que Karlita se enamore de un sicario que fue criado por una mujer que, como su madre, sufrió la pérdida de seres queridos por estos grupos criminales. Realidad que ha aquejado a muchas otras jóvenes, en los últimos años. SOBRE EL NARCOTRÁFICO EN EL ÁREA. Pero, para los que permanecen en el poblado, la situación no se quedó del todo tranquila, de hecho, cada vez va de mal en peor. Y es que las redes del narcotráfico y crimen organizado, rápidamente se extendieron entre los pobladores tras la construcción del CEFERESO, ya que estos, al llegar al hartazgo de las pocas oportunidades, deciden ser parte de las filas de estos grupos delictivos. Primordialmente, han sido varias las personas que están dispuestas a aceptar módicas cantidades de dinero, por permitir que productores de drogas, utilicen sus pequeñas parcelas para hacer cultivo de sustancias ilegales, como la marihuana. – Los pueden ahora hasta tratar de criminales, ¿pero a ellos cuando les dieron el suficiente apoyo? No son malos, pero hay que comer - dice Don Vicente, quien asegura conocer a gente del sector que ha permitido que en sus tierras se planten estas drogas. – “Ellos ofrecen más oportunidad ¿A quiénes creen que les van a tener más fe? Con ellos la sequía que no deja producir a muchos en el pueblo, a otros ya no nos hace ni cosquillas”. En el pueblo, muchas personas han muerto en actos relacionados con la violencia del crimen organizado desde finales del 2006, pero recientemente, los panteones cercanos, han tenido que incrementar su espacio, por los asesinatos a mano armada que están a la orden del día. Con semejante derramamiento de sangre, el gobierno de la entidad, ha optado simplemente por “hacerse de la vista gorda” ante los narcotraficantes, aun cuando éstos se han apoderado del poblado. “A veces es mejor no saber cómo están las cosas, a veces es mejor no saber”, dice Norma Martínez una mujer de aproximadamente 46 años, flaca y locuaz que detrás de ese serio traje sastre ya un tanto descolorido, tiene cierto aire de adolescente rebelde. “Lo único que puedo decirles es que yo no me meto con nadie” Sujetos armados, han lanzado granadas en dos ocasiones contra el cuartel de la policía de Ocampo, y suelen circular desenfrenadamente, en caravanas, sobre los caminos vecinales. A comienzos de este año, los soldados rescataron a 16 personas secuestradas por grupos delictivos en una finca del municipio. “Aquí se pasean en sus carrotes y luego se sabe que son ellos, porque la gente mala es muy conocida”, dice una ama de casa, quién solicitó permanecer en el anonimato por miedo a represalias. “En la noche, si no tienes a qué salir, es mejor quedarte en tu casa. Aquí muchos vivimos con miedo, y otros viven tranquilos porque saben que ellos los protegen” En varios municipios marginados, en la república mexicana, el narcotráfico parece ser la principal fuente de empleo. Las extensas tierras serranas, se prestan para el fácil cultivo de marihuana o amapola y la complicidad de las autoridades de investigación y prevención, permite que el negocio ilícito continúe. El único que combate, es el Ejército. Y en Ocampo, sólo es cuestión de tiempo para que más pobladores, con falta de oportunidades, se unan a estas mafias. En conclusión... El CEFERESO en Ocampo representa un peligro latente, el reciente traslado en octubre de nuevos reos, sentenciados en su mayoría por narcotráfico, delincuencia organizada y portación de armas de uso exclusivo del ejército, ha ocasionado conflictos en la población. Los habitantes han perdido el control hasta de su tiempo, se estableció toque de queda en dónde cualquiera que salga después de las 10 de la noche será bajo su propia responsabilidad. Y con ello, se perdió la esperanza de una mejor vida que se tenía entre los pobladores al inicio de la cimentación del cefereso. Don Zacarías, a sus 75 años, dice ya haberlo visto todo y casi nada lo sorprende. En su piel marchita refleja años de trabajo duro y su voz fuerte e imponente refleja su carácter. Trabajó en la construcción del CEFERESO en Ocampo durante más de un año y según sus jefes era el más “chambeador”, incluso más que los cabos jóvenes. Es callado, dice que las palabras no son lo suyo, pero el trabajo sí. -“No sé que vaya a pasar de ahora en adelante, la construcción trajo chamba para muchos pero pues ahora que ya no hay, nomás queda seguirle” comenta con un dejo de nostalgia en su semblante. Pero, ¿Qué le preocupa a Don Zacarías? ¿su futuro? ¿patrimonio? ¿familia? Ante una situación tan adversa como la que se vive en Ocampo afirma que él por su futuro, ya no teme nada. “Para mí lo más difícil es pensar en los chamacos, a fin de cuentas a mí ya no me queda mucho tiempo acá, ¿pero los niños? ellos tienen futuro, a uno nomás le quedó la resignación de los buenos tiempos, pero ¿a ellos que les va a quedar?”. Los años del auge de la agricultura quedaron atrás, los viejos sabios poco a poco dejan la tierra fértil de Ocampo, que en algún tiempo se vio cubierta y defendida por sus propios habitantes. Hoy el panorama se muestra diferente ya que una parte, es decir, los que se van en busca de mejorar su situación y que a partir de esto con el paso del tiempo, se han encargado de negar y alejarse de las tierras que un día los vieron crecer, sin preocuparse por los problemas que podría aquejar al lugar. Por otra parte están los que resisten, los que permanecen en Ocampo a pesar de la inminente llegada de peligrosos reos federales y lo que estos conllevan. En la carretera que lleva a Ojuelos, Jalisco, en los últimos años, grandes terrenos fueron cercados, mismos en los que a simple vista se pueden apreciar construcciones fastuosas a comparación del resto de casas viejas ahí edificadas. Entre los pobladores se sabe que estas son patrimonio de los grupos criminales a los que pertenecen los reos que habitan en el cefereso. El temor más grande de todos los habitantes del área, es cruzarse en los momentos en los que hay enfrentamientos entre estos grupos delictivos y entre los que ya operaban en el área desde tiempo atrás (en los que casi nunca hay saldo blanco) porque esto ha dado término a la poca tranquilidad de la que hace algunos años gozaban. Ante la llegada del CEFERESO No.12, Ocampo se ha transformado en un foco rojo y ha perdido su identidad poco a poco. Son pocas las opciones que se presentan para los pobladores, porque, o migran a Estados Unidos para mejorar su calidad de vida, se hacen partícipes de actividades ligadas al crimen organizado, o finalmente, se resignan a las condiciones que sus tierras ofrecen, temerosos, de posibles enfrentamientos pero con la certeza de estar en Ocampo, la tierra de nadie.

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