El machismo y la flojera, palabras sin Kanjis

El machismo y la flojera, palabras sin Kanjis

Por: Rubén Enrique Valbuena

Mie Nagafuchi, es profesora que imparte el idioma natal de su país, Japón. Su vida gira alrededor del Instituto Cultural Mexicano Japonés. Su trabajo ahí parece sistemático, un cuento que se repite en cualquier parte del mundo.

La rutina empieza con dar clases, desayuna en la cafetería, regresa al salón y termina con la comida en el mismo cuarto donde se toma un descanso y platica con las demás profesoras. Todas nacieron en el mismo país y llegaron a México para encontrar una forma de vida diferente al que estaban destinadas a tener.

Ellas tienen como regla desayunar en el Instituto, comer con la familia y respetar esta tradición. Sí salen, pueden ser regañadas por la dirección como el caso de una de las maestras que fue a comer con los alumnos en un mercado cercano.

Al terminar los horarios de clase Mie regresa a su departamento, en el que se pasa la mitad del día preparando sus próximas lecciones y exámenes. El trabajo para ella es primero y antes de pensar  en divertirse debe tener preparado el siguiente día de clases o los exámenes a aplicar.

Cuando entra a su departamento ocasionalmente se encuentra con su casera, la cual saluda cordialmente, pero con la que plática brevemente y sólo en el momento de pagar la renta. Una charla formal, simplemente eso.

La preparación de las labores es primordial en su vida, la cultura del trabajo lo tiene arraigado por la formación dada en Japón, esta se repite en todas las escuelas y familias, ya que en la isla es fundamental ser un experto, profesional, y tenerle respeto a la labor donde ejerces.

Trabajando, los japoneses nunca salen diez minutos antes o empiezan a guardar sus cosas sino hasta que tocan el timbre de salida. Ellos tienen un gran respeto por los horarios, como a su trabajo, si tienen que acabar con sus labores se quedan sin dudarlo.

Izumi Takuya, profesor del Instituto meditó cada una de sus respuestas y cómo traducirlas para su comprensión, con un español lento platicó que la vida dentro de la isla esta es muy enraizada a la cultura, que junto con su formación crean una sociedad “calca”. “Vas al instituto, sales y buscas la forma de conseguir dinero, encuentras una familia y el ciclo se reinicia”, explicó.

Siendo el éxito laboral lo más importante en la vida de un japonés los primeros años se enfocan en estudiar. De ahí buscan un gran trabajo para lograr su cometido de vida. Sin embargo esto termina consumiéndolos, dejando que su vida termine sólo para trabajar y quitando otras experiencias de lado.

Es por eso que cuando salen del país no es por la calidad de vida, ni por la falta de oportunidades, sino para encontrar nuevas experiencias y no replicar esa vida que se reproduce en cada familia. “Los viajeros” como les dice Takuya-san son los que buscan adquirir un estilo de vida que no encuentra en el país y más para las mujeres.

Por eso es que salen de Japón, siendo recomendadas por otras o gente que está relacionada al instituto, aquí en México se les da la oportunidad laboral para conocer otra cultura. Ellas principalmente son mujeres que tienen acabado una carrera y no quieren terminar viviendo en una casa que arreglar, sólo teniendo la exclusividad para vivir por su familia.

El horario de trabajo está bien definido, pero después de acabarlo Mie puede hacer lo que guste, escondiéndose un poco de la dirección o de la embajadora de Japón, con quien tiene problemas con su pasaporte y también siempre que no tenga trabajo pendiente que entregar.

Ella, al terminar sus labores sale a disfrutar del país, entre una fiesta o ir a otro estado, Nagafuchi-san no se queda limitada a su departamento, ni a la escuela, como lo tenía destinado en su país.

Aunque igualmente Mie está relacionada al baile tradicional “Nihon-Buyon”, que se define como una danza refinada, con movimientos lentos y contenidos teatrales al estilo “kabuki” o “noh”. Los ritmos utilizados se llaman “nagautas”, que son canciones largas resultado del “shamisen” o flauta japonesa, “kotsuzumi” tambores de mano  y “taiko” tambores largos.

La formación en esta danza la convirtió en “natori”, aprendiz excepcional que es acogida por la familia que le enseñó, recibiendo el apellido de la casa. El título de “natori” significa que aparte de haber perfeccionado el baile, tomó la formación y la ideología de su profesora, haciéndose de esta otra forma la calca, misma que no quería vivir en su país.

Dar clases no fue su primer trabajo, antes de llegar a México estuvo como vendedora en la empresa Sony, con una buena paga. Acabó su carrera en Pedagogía y estaba unida a su familia de baile tradicional de Nihon-Buyon.

Pero al final lo que Nagafuchi-san no toleró fue el machismo que existe en Japón,  el no poder ejercer su profesión o tener un trabajo equitativo igual que su contraparte masculina. Esto lo vio con una compañera, que al igual que ella estaban al “nivel” (cómo lo explica) del hombre, pero al embarazarse el trato decayó, junto con su paga.

La equidad existió hace tiempo en Japón, antes del año 647, donde tanto los hombres como las mujeres tenían el mismo peso en la sociedad. Todo esto cambio con los siguientes años, donde la contraparte masculina empezó a fortalecerse en el sistema político relegando a la mujer.

El machismo se remonta en desde el siglo VII en la época de Confucio. Dónde las familias se jerarquizaron, dándole los papeles y trabajos más importantes al hombre, mientras que a la mujer se le relegó a trabajos mínimos o de poca importancia.

La situación prosiguió por décadas, mismas que hicieron que el papel de la mujer fuera debajo del hombre, arraigándose a la cultura y haciendo de esta idea un rol de vida. Es por eso que el machismo se convirtió en parte de la vida japonesa, alejándose de las otras perspectivas de la equidad hasta estos días.

Esto ha ido evolucionando, hasta convertirse en un acoso sexual hacia las mujeres. “Seku-hara” (acoso sexual) o “Groping” (manoseo en trenes) se da a estudiantes y jóvenes, y es algo que a la fecha es poco denunciado, pero quede los cuales siguen dándose casos y cada día se dan a conocer aún más de estos delitos.

Pero el momento en donde la mujer pierde toda equidad es al casarse, dónde por regla adquiere el apellido del esposo y con esto pasa a la familia del hombre, perdiendo los lazos de la cuna, un ejemplo de ello fue con la princesa Sayako, una de las tres hijas del Emperador Akihito que perdió su título de nobleza por casarse con un plebeyo por obtener el apellido del mismo.

Otros de los pasos a seguir después de casarse es renunciar a toda vida laboral por parte de la mujer, haciéndose cargo exclusivo del hogar. Si esta decide continuar trabajando es probable que bajo el estatus de casada su sueldo se reduzca por “ser mantenida por su esposo”, mientras que al hombre se le da un aumento en el sueldo y ser catalogado como “los gastos extras” de un matrimonio.

Las mujeres igualmente tienen la presión de casarse, ya que después de acabar una carrera y antes de los 25 años deben estar unido a un hombre, sino la sociedad la retrata como la mujer “quedada” o “sin suerte” y llamándola el “Christmas Cake”, ya que nadie la quiere después de los 25.

Esto se ve en la construcción de los Kanjis, trazos con diferentes significados donde podemos encontrar estas diferencias entre el género masculino y femenino en el matrimonio, ya que para crear la palabra esposo se utiliza los Kanjis de “principal” y “persona”. Mientras que en las mujeres se utiliza los símbolos “casa” e “interior” para hacer la palabra esposa.

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Es por eso Mie vivió parte de un machismo, que sólo fuera de la isla se le puede llamar así, adentro es parte de la sociedad y que ni ella entendía. Una cultura que se aisló desde hace varias décadas y que es difícil comprender desde la perspectiva occidental.

Mientras que tomaba una bebida caliente, observaba directamente al traductor, creando un canal de tres vías de comunicación, Mie olvidaba su vida en Japón y empezó a recordar su primer mes en México,  en el cual se enfrentó con su primer choque cultural.

Se acordó de lo que tenía cuando llegó. Ropa, una docena de hojas con instrucciones para hacer una clase, una laptop, y su cama se encontraban en un pequeño cuarto que rentaba. El baño, donde tenía acomodado su pasta, cepillo e hilo dental, junto con su cepillo para peinar en una pequeña repisa, la cual cuidaba que todo se encontrara en su lugar.

El cuarto era rentado por un señor que vivía con su hijo. Al llegar a conocerlos el señor le agarró su mano y se la besó, Mie se sorprendió por este acto, mientras que en su mente se preguntaba si eso era normal en este país.

Mie no comprendía en esos momentos si los gestos eran habituales,  pero dejo pasar ese momento hasta el incidente con el hijo. Su cara ya no demostró la serenidad con la que hablaba en ese momento, alzó y movió las manos, la duda  y la sorpresa se reflejaba hasta que se relajó y calmó su mueca de risa nerviosa.

Un día despertó y vio que su baño estaba desordenado, todo regado y tirado. Al verlo le preguntó al hijo del dueño que se encontraba en el departamento, el cual le respondió que una amiga había entrado después de tomar con él, este fue el punto para decidir salirse, ya que la falta de respeto hacía su espacio personal fue demasiado.

Esta reacción puede parecer un poco exagerado, pero en Japón la palabra privacidad es algo que se usa con cuidado y con toda la extensión de la palabra. “Las personas no tienen contacto físico como en el país, (México) un beso es algo exclusivo de una pareja y las amistades no suelen dar señas de afecto” dice Mie, que aclaró al momento de explicar su reacción ante el señor y su hijo.

Me toca la mano, me dice que hacer eso es impensable, los japoneses te tardan meses en tener contacto físico con una persona, entre amigos se ve mal y en las relaciones personales nunca lo veras en público, la intimidad se queda en cada persona, no en las redes sociales ni en los recuerdos de los demás.

Jorge Rodríguez, amigo de Mie y coordinador cultural de la Fundación Japonesa, estuvo un año en Japón estudiando música clásica de la isla, misma que comparte con la profesora uniéndola con el baile y su “shamisen”. Él relata que las relaciones personales son difíciles de catalogar, principalmente por el choque ideológico.

En Japón no se acostumbra dar abrazos, no se dan de la mano y no se coquetea, las amistades tienen esa separación física a diferencia de México. Las relaciones son iguales, pero “en la fiesta con mis compañeros de universidad no te dabas cuenta de quien era pareja, la privacidad y la relación es exclusiva de las que la viven y no es como aquí (México) que apenas empieza y lo dices a todas las personas cercanas”.

La sociedad japonesa cataloga al beso como un acto sexual, lo envuelven en la privacidad y sólo es visto en relaciones serias, con las personas que se quiera compartir y contiene una carga diferente que en México, en la isla existen diferentes niveles emotivos junto con la privacidad en contactos físicos y verbales.

Estas expresiones son difíciles de entender para el occidente,  pero no significa que una pareja o una amistad japonesa se quiera menos por no expresarlo públicamente, que por no besarse a cada momento o abrazarse en frente de un grupo de amigos demuestre lo contario. El amor es exclusivo de la pareja y el respeto se da al no estarlo demostrando ante los demás.

Al final Nagafuchi Mie lleva dos años en México, en los cuales encontró una forma de vida diferente, que en su país no tenía. Ahora puede salir a divertirse con sus alumnos, tomar un tequila, un vino, una plática, un descanso que es posible. Teniendo problemas en entender los abrazos, las pruebas de cariño de los estudiantes, pero que aprecia aunque aún no se acostumbre

Viviendo con los recuerdos de Japón, que se encuentra en clases, al momento de comer y al platicar con sus compañeras de trabajo. Su cultura se presenta todos los días de ocho de la mañana hasta las siete de la noche, luego México se presenta en las calles de Coyoacán donde vive.

Tendiendo dos idiomas con los que lidiar, el español, que le da pie a conocer nuevas personas y una nueva cultura. El japonés que la regresa a sus raíces, con sus compañeras o la pasión de ser “natori”, misma que la hace danzar y reflejar la cultura que la formó.

Y encontrándose en un país donde el machismo no está unido con su sueldo o sus decisiones personales. El lugar en el cual puede exigirse ella misma sin la presión de recrear una vida mecánica, donde puede tener más experiencias que las que dicta la sociedad.

Sí, al final cayó en otro país con problemas, pero donde existe la posibilidad de elegir, sin presiones culturales tan grandes. Una sociedad que no le exige ser idéntica para poder ser alguien. Otra perspectiva de la vida, el occidental que no se arraiga a su cultura ni a las costumbres.

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