Los Caifanes y la juventud experimental

Los ayeres lozanos de 1967 se  reflejan en la película "Los Caifanes", de Juan Ibáñez.  Una juventud noctámbula en una ciudad envuelta en la dicotomía entre lo aceptable y bien visto y lo rechazado por ser diferente.

Por Miguel Sosa 

Los Caifanes y la mocedad noctívaga

La intención por capturar esa esencia fresca y provocadora, la risa que intenta apaciguarlo todo, originó una parafernalia experimental y totalmente fascinante. El filme "Los Caifanes" alumbró la penumbra de lo desconocido. Aquello que reside en la oscuridad del desconocimiento, y todo gracias a un concurso impulsado por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz. La juventud aún no estorbaba del todo como habría de hacerlo un año después, en aquel oscuro 1968. Por el contrario, a pesar de la “necesaria” distinción entre el saco y la gabardina, la chamarra de cuero desgastada y los suéteres de lana baratos, inclusive con el arrojo de lo estridente a la profundidad de “los hoyos funky”, la multiculturalidad rozagante hacía evidente su gusto por la fatalidad. La extravagancia era algo que llamaba la atención. Por una parte, los cuestionamientos a la existencia se daban en tertulias bilingües que pretendían sublimarlo todo. Inmersos en lo grisáceo de la apariencia, en lo difuso de la falsa identidad carente de color, se manifiesta el modelado perfecto del arquitecto Jaime de Landa, y la disonante Paloma.  Del otro lado de la moneda voladora los juegos para afrontar el miedo que provoca la vida eran el pretexto perfecto para eludir la realidad sofocante. Esa que roba la tranquilidad del reconocimiento, que ausenta el nombre y rebautiza a los infaustos: “El Capitán Gato”, transparencia vestida de negro; “El Mazacote”, dicharachero perpetuo; “El Azteca”, piel oscura enfundada en sastrería gastada; y “El Estilos”, cultura asfáltica, poética, mística.
Los Caifanes que se las pueden todas / Cortesía: Cine NT
Los Caifanes que se las pueden todas / Cortesía: Cine NT

Los Caifanes y la necesidad de exponer a la otredad

Por supuesto la sociedad y las autoridades se engalanaban mientras exhibían turísticamente la excentricidad. El ceño fruncido expresa más que una mentalidad callejera. Los gestos cautivan, sorprenden e invitan a la interpretación. Del lado oscuro de la mocedad las reglas son diferentes, el amor por el juego y la sorpresa se evidencian aún más. Por supuesto, la noche juega del lado de quienes sí son capaces y no sólo creen serlo. La atracción de lo inaceptable cristaliza la pupila curiosa de una Paloma que anhelaba abrir sus alas, mostrar sus fauces y tragarse las tinieblas. Y de paso, ¿por qué no? parrandear con “La Flaca”. Lo chirriante de un vestido rosa intenso orientó los pasos de una manada desubicada, pero entrona. Incita al reto por no aburrirse en una noche cualquiera que figuraba para lo diferente. Sólo había un domesticado presente e incómodo. De las tinieblas surge otra clase de entretenimiento. El Géminis exhibe toda su dualidad lóbrega: lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo mal visto se diluyen en una atmósfera que sugiere arrimarse a lo oscurito. Toda la selección musical es exquisita: valls, danzón, boleros. Las secuencias, planos y expresiones impactan en una época de lo tradicional y aún ahora cuando lo experimental se quedó atrás.
Paloma y Los Caifanes / Cortesía: Pinterest
Paloma y Los Caifanes / Cortesía: Pinterest
 

Los Caifanes: noche, calle, muerte y vida

La esencia de la mexicanidad pulula en los detalles. Lo mismo el auto del Gato con sus esferitas en el parabrisas que el tacuche que adorna la expresión hilarante. Los Caifanes es una reflexión constante e ineludible sobre la necesidad de vivir la vida y no pasarla de largo. La pobreza vívida y el fetiche de la mendicidad romantizada. La jauría no mezcla el agua con la gasolina, porque como explica El Azteca, así “no jala parejo”. La identificación no es generalizada ni mucho menos anhelada. Son pocos quienes se sienten parte, los menos cuando se sucumbe al arrojo que se corporeiza en plumas rosáceas como las de “Sandra”: la atrevida, la intrépida. Para las “jaladas” hay que jalar parejo. Para ser calle hay que ser vida y muerte, gordo y flaca, sombra y luz. Capturar la sustancia de algo previamente acechado. Inexperiencia que pretende eternizarse y que lo logra sin reparo alguno, sin espacio a la duda, en la película que marcó una época.
Los Caifanes / Cortesía: Pinterest
Los Caifanes / Cortesía: Pinterest
  La realidad se impone nuevamente a la fantasía. La claridad de las ideas devuelve el matiz a lo abisal. La noche termina y abre paso a la certeza de un nuevo día. La Paloma parte con un recuerdo de un viaje a oscuras en sus manos y despide quizá para siempre al sutil callejero y se aparta del coruco que se alimentó de ella y de su noche. La importancia de ser genuino exhibe al que por querer excluir termina excluido. Los Caifanes como fenómeno experimental cumple su función: Enseñarnos a “parlar tontacho”. Demostrar que se le teme a la juventud porque saben que las podemos todas.

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