La lucha mexicana

La lucha mexicana

Por: Gerardo Álvarez García

Por fuera, en un día sin función la Arena México parece perderse entre los edificios y caos vial de nuestra ciudad, sin parecer ser ese monumental lugar donde se encienden las acciones luchísticas más importantes del país, ubicada en la frontera de dos realidades distintas dentro de la Ciudad de México, entre la colonia Roma y la Colonia Doctores, creando una sensación de inseguridad y desolación, pero en esos días especiales, donde los superhéroes mexicanos suben al ring para deleitar al respetable y demostrar quien de ellos es el mejor, o al menos por está noche.

La calle se ve rodeada por puestos en donde los colores llamativos golpean la pupila causando un gran impacto visual, las playeras, máscaras y demás souvenirs con motivo de algún luchador o equipo llaman la atención de todo aquel que pase, desde la máscara del legendario santo, hasta la del nuevo ídolo y llamado el último boom de la lucha libre mexicana, Carístico, cada niño busca guardar su identidad y no ser descubiertos mientras juegan a ser su héroe, pero no son los únicos que se unen a este secreto, los adultos también portan la capucha con orgullo.

Se ha cuestionado si la Lucha Libre es parte del folclor y la cultura mexicana, pues las máscaras se han hecho habituales en todos los eventos deportivos del mundo, además de tener como parte de la época del siglo de oro del cine nacional las películas de luchadores, como muestra de un pro a su favor es fácil encontrarse con aficionados de otras nacionalidades que van a disfrutar de este deporte espectáculo; estadounidenses, europeos y asiáticos en su mayoría se ven llegar en el ya clásico “Turiluchas” que les permite dar un recorrido por la ciudad y asistir a la función de los viernes mágicos de Arena México, en donde son de las personas más asombradas ya que para muchos, la lucha libre mexicana es la mejor del mundo.

Quizás sin saberlo, están apunto de verse representados por el italoamericano Marco Corleone y la legión japonesa dentro del encordado, además claro de las amazonas del ring, Dalys y Zeuxis, es el primero de ellos, que por la particularidad de no usar máscara es reconocido por algunos aficionados en el estacionamiento donde le piden la famosa foto del recuerdo, con gusto, Corleone accede, pues en el fondo sabe que gran parte de su éxito es gracias al gusto del respetable, en especial claro, al de las mujeres que al verlo ingresar al cuadrilátero le ovacionan y gritan.

Durante la función se siente un estallido de júbilo, en donde al calor de las cervezas y los sentidos del anonimato, las personas sufren un cambio, como si un estado primitivo les hiciera pedir sangre, insultar al luchador que les desagrada, pero sobre todo, emocionarse por ver como la plasticidad física les permite hacer vuelos en el aire y doblegar al oponente con una llave sin llegar a romperle, no es la típica lucha del bien contra el mal con una justicia ciega, pues en este caso el público se divide, los rudos tienen más afición y devoción que cualquier otro villano, demostrando porqué se ganó a pulso el mote de “Deporte espectáculo”.

Finalmente las luces se tornan rosas y con su característico atuendo a lo toga griega y acompañado de la canción Girls in luv, hace su aparición el luchador exótico más querido de la afición, Máximo sexy, quien es la representación de la ilusión que crea la monumental de la doctores, siendo un personaje homosexual, los padres no dudan en comprar su playera a sus hijos, rompiendo el machismo cultural por un momento, este momento, en el que le piden bese a un contrario o incluso al referee, cuando le aplauden sus victorias, ya que no es uno más de los exóticos que muchas veces son relleno de la función.

Se nota otro aspecto que ha derrotado la lucha libre, primero las clases sociales, los barrios y colonias no influyen en la persona que entra, después el machismo recibió a la mujer en el ring, hoy en día se ve a simple vista que la playera más portada es la del personaje de preferencias sexuales distintas, ya no importa raza, género, clase social o preferencias, todos somos parte de la lucha mexicana.

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