Ganadores Cuento

Primer lugar: El arenal y la daga José Ignacio de Alba Aguado El andar infinito del desierto lo había dejado seco de sales y aguas en el cuerpo, aquel arroyo que pareciera nacido de una ilusión sació su sed. Felipe no lograba recordar cómo había llegado al centro de ese extenso arenal. Cuando las estrellas se empezaron a escurrir sobre el luminoso cielo nocturno coronado por una luna que parecía más un amuleto de plata que un cuerpo celeste, Felipe sintió un hambre que lo consumía desde el centro de su ser. La ansiedad de comida le sugirió abrirse una cortada en el brazo izquierdo, la daga filosa como un colmillo impulsada por el hambre le abrió una herida de la que bebió. Aquel brebaje caliente lo repuso de sed y lo calmó del frío nocturno hasta que consiguió soñar. Pasó del frío acosador a los recuerdos de su madre, en la ternura de su ciudad, en las carnes de las mujeres de su patria, en los festines del día de San Bartolomé, santo patrono de su pueblo. Felipe volvió al desierto que lo había despojado de toda certeza. Él hubiera estado desposeído de cosas materiales a no ser por la filosa daga que empuñaba con la mano lánguida. Felipe decidió caminar dándole siempre la espalda al sol que le carcomía el cuello y la espalda. Nieto de peregrinos (expertos caminantes en la reiteración de su fe) decidió no parar de andar hasta encontrar la salida de ese inagotable lugar. El sol que lo abarcaba todo lo arrojó a descansar en la cresta de una duma que le regalaba una estrecha sombra, otra vez impulsado por un hambre feroz y después de haber bebido las gotas de sudor que logró recolectar con un pedazo de tela, decidió arrancarse por completo la piel del brazo izquierdo para conciliar el hambre. Como buen caminante pasaba por alto, en primera instancia, perjudicar sus piernas. Medio hundido en la arena Felipe vio cómo la daga cobraba vida y como la punta de la hoja apuntó hacia un horizonte como instrumento de un zahorí. La cresta de la duma quebró y el paso parabólico del sol ahora lo envestía de frente, empezó a caminar —ya no al garete, sino guiado por la daga— mientras sus pies se hundían en las chispas de fuego que tenían el color del alacrán. Con la daga empuñada y usada como brújula Felipe se encausaba en su destino, se empeñó en seguir la punta de la daga guiada por las energías invisibles del desierto, el lugar desprovisto de ecos lo conducía por caminos serpenteados por el viento. Felipe deseó poder comer piedras como si fueran pan, pero no había piedras. La noche se comió al día y Felipe se arrojó a descansar sobre la arena, no sin antes desollarse la espalada para comer. Se quitó los zapatos y se propuso dormir con la esperanza de abandonar ese lugar y para que durmiera su estoicismo casi derrotado. Aquella noche bajo la constelación libra Felipe soñó que se aventaba de un barranco y caía a las tinieblas. Aterrado por el sueño despertó en medio de un silencio que bien pudo haber sido calma. En vela y para huir del frío se arrojó puños de tierra encima del cuerpo, la arena mantenía un leve suspiro del sol de mediodía. Despertó con ansia de comida y decidió devorar la piel de su brazo derecho, peló el pellejo y lo masticó con calma antes de partir guiado por la daga aún ensangrentada. Felipe, a diferencia de los reptiles no dejaba rastro de su piel. Las huellas impresas de su caminar en la arena eran barridas por el aire. Felipe se hubiera arrodillado ante cualquiera no por toda la riqueza de las naciones sino por salir de aquel lugar que pareciera un basto reloj de arena dentellado con el tiempo que lo consumía todo. Después de 40 días y 40 noches Felipe se comió el último pedazo de piel y con la mirada aún infinita en el desierto se dejó empujar por el viento.     Segundo lugar: El Chinero Uriel Salmerón García Todavía no me cae el veinte, señor. Tengo que confesar que sólo recuerdo algunas cosas: primero fue la corretiza y luego los cúmulos de adrenalina galopando por mi sangre. Después de eso todo se vuelve confuso, todo se vuelve borroso. Y ahora estoy aquí, encerrado como un animal. Diosito, tú lo sabes, mi vida distó de los lujos desde el principio. Me tuve que hacer chingón desde niño y ahora me chingaron. Si no era yo, ¿quién? Mi jefecita se las vio negras: criar sola a seis chamacos no es ninguna batea de babas. Cargué como bestia desde morro, pero también sabrás que el sudor no es bien pagado. Lo intenté por la recta, pero la realidad se encarga de desviarnos el rumbo. Después de dos semanas me hice cuate del Tonatiuh. El vato era como de mi edad y también cargaba bultos en La Meche. También tenía un resto de carnales y su papá —también— los había dejado. Vaya, nos parecíamos en todo. Le chingábamos todo el día: como burros, como mulas. Y simplemente no nos salía el bisne. La vida nos jodió, ya era hora de regresársela. El hermano mayor del Tonatiuh fue quien nos metió en este pedo. Todos lo conocían como el Cacarizo, aunque se llamaba Rogelio. El cabrón era un prieto como de dos metros. Mamadísimo, mamadísimo. Por la mejilla le corría una cicatriz, de esas que se ven como bombachas. La primera vez es la que más recuerdo. Lo juro por tu nombre, me estaba cagando de miedo. Esperamos a que hubiera harta gente. El Tona nos echaba aguas desde la lateral que da al metro Fray Servando. Yo tenía la tarea de elegir a quién nos íbamos a chingar. ¿Ya ves? Todo estaba mejorando. Por primera ocasión en mi vida tenía el chance de escoger. “Ese, ese”, señalé al trajeadito. En putiza corrimos y nos lo cargamos. El Cacarizo lo agarró por la espalda, le aplicó la llave china y el joven de la camisa planchadita se desmayó en un pumpumpum. Rápidamente esculqué en sus bolsillos: pelusapelusahilo y un billete de 20 pesos, nada más. La gente se quedó ahí, simplemente parada. El botín lucía más jugoso en el aparador. ¡Cristo mío! Lástima que las apariencias sean tan engañosas. Con el tiempo nos pulimos. Con el tiempo nos cambiamos. Al Cacarizo se lo tronaron quesque porque se estaba comiendo la tortita de uno de los narcos más macizos del barrio. Del Tona ya no volví a saber. El vato se estaba haciendo muy religioso y la neta eso de la flaquita sí me da un poco de culo. Algunos chismosos dicen que está de sacerdote, o una chingadera así, en un templo de Nuevo Laredo. Yo conocí a la Mary, que fue mi salvación. Si no fuera por mi vieja, ya estaría en otros pedos más culeros. Todavía chineo, pos’ es lo único que sé hacer. Pero hay peores cosas que un ratero como yo: los que traen placa. Desde aquella vez que me torcieron, ahora siempre me piden mochada. El oficial Domínguez perdió ya toda la vergüenza. Cada noche lo tengo en la entrada de mi chante chingando con que quiere más, chingando con que me ponga las pilas. ¡A la verga se va! —¡Para, Julián! ¡Para, por favor!— resonó una profunda voz dentro de su cabeza. —¿Señor, eres tú? Me estoy volviendo loco… —No sabes por qué estás aquí, ¿cierto?— respondió la misteriosa presencia mientras Julián trataba de entrar en sí. “No puede ser, no puede ser, no puede ser. Ahora sí perdiste el juicio”, pensaba el chinero mientras se azotaba contra los barrotes. Trató de arrancar una tira de cabellos, pero de su cabeza sólo se desprendieron fragmentitos de plumaje pigmentados con los colores del cielo más puro. Aquel azul era tal vez con el que se vestían las deidades. —¡Julián, corrías! ¡Julián, recuerda! —Dulces, dulces, dulces. Me perseguían por el puesto de los dulces— se repetía mientras apretaba los ojos. Nada de esto podía ser real. —¡Domínguez! Dios, Domínguez me convirtió en esto. Las sombras comenzaban a difuminarse mientras la memoria volvía a sus cauces. Aquella noche se había negado a pagar por robar. Las autoridades lo declararon amenaza barrial e implementaron un operativo para atraparlo en acción. Eran ratas cazando a un ratón. Ya casi lo tenían. Corrió como jamelgo, con un trote cansino y débil, hasta llegar donde se pone don Catarino, el de los pulques. Se escondió debajo de la mesa que sostiene las garrafas hasta que el anciano dio cuenta de su posición. —¿Qué haces ahí, cabronazo? —Don Cata, la tira me quiere tronar por no mocharme. —¡Verga, por eso hay tanto pinche movimiento! Pero no te preocupes, no te preocupes, mijo- agarró una sucia múcura de plástico y la sumergió en una cubeta rebosante de aguamiel. —¿Cómo que no me preocupe? Sí ya vienen pa’ca, sí ya vienen por mí. —¡Tómatelo de sopetón!— Catarino le extendió la babosa vasija que borboteaba un menjurje espeso y claro. El contenedor se vació tras un gran trago. Julián se sentía diferente, como dotado de una ligereza imbatible. Luego trató de dar el primer paso y trastabilló. Anclado al piso buscaba el rostro del pulquero, quien sólo atinaba a carcajear como hiena en éxtasis. Parecía que la cara se le derretía. La nariz ya rondaba donde antes estaba su boca. Los ojos se fueron encogiendo hasta transmutar en un par de chícharos ennegrecidos. Los gritos ya eran graznidos. De la carne expuesta de los brazos y el torso emergían hileras completas de plumas tornasol. Catarino agarró sin empacho aquello en lo que se había transformado Julián y lo metió en una cajita de cartón a la cual le hizo un par de agujeros. Cruzó un par de cuadras con dirección al Mercado de Sonora. La bestia había transmutado de nuevo, esta vez se convirtió en 2 mil pesos.     Tercer lugar: La muñeca y yo Mariana Díaz Morgan Era una noche fría de octubre de 1994, había un silencio sepulcral y sólo se escuchaba el silbido del viento sonar junto con el rechinido de las ventanas que daban hacia la habitación de la hermosa bebé llamada Sofía. La pequeña niña que tenía escasos 3 años de edad, podía ver y sentir cosas que los demás no percibían, créanme cuando les digo que observaba cosas que nadie más podía y no estoy hablando de un amigo imaginario... sino algo realmente escalofriante, tanto que la atemorizaba al grado de no poder estar nunca sola. Justo una noche Sofía, dormía tranquilamente en su nueva cuna cuando inesperadamente sintió como le jalaban un mechón de su poco cabello. Ella despertó y sólo sintió una mano delgada que se deslizaba con delicadeza hacia su cuello. A pesar de tener poca edad ella sabía perfectamente que esa mano no tenia relación con la de su madre, pues la que ella sintió era más parecida a la porcelana. La niña lloraba y su mamá encendió la luz para ver qué era lo que pasaba, sólo se encontró con su hija atemorizada. A la mañana siguiente la pequeña parecía angustiada, ya no tenia la sonrisa que la caracterizaba. Entonces su madre sabía que había algo raro con ella por lo que opto por llevarla al pediatra, el doctor la examinó y encontró algo muy peculiar en el cuello de Sofía, su piel ya no era la misma... Tenía un brillo muy peculiar y demasiado liso, como si su piel fuera de porcelana. El doctor no podía entenderlo y mucho menos creerlo, así que no tenía una explicación para lo que estaba viendo y por ende menos tenía una cura. El pediatría envío a la madre y a la niña a casa, diciéndoles que sólo tomará reposo, y baños de agua caliente. Si en unos días no desaparecía ese brillo tan extraño entonces tendrían que regresar para tenerla en observación. Con dudas regresaron a casa, mientras los días seguían pasando. Una tarde cualquiera mientras Camila, la hermana mayor de Sofía, se encontraba viendo una película en el cuarto de su hermana, acompañada por sus amigos. Cuando de repente, de la nada, la bebé comenzó a llorar como desesperada y se agarraba el cabello como si alguien se lo quisiera arrancar, balbuceaba y señalaba hacia la cabecera de la cuna. Camila estaba asustada, no sabia como controlar a su hermana así que cerró la puerta y fue corriendo por su madre. Cuando ambas regresaron a la habitación para ver que le sucedía con la pequeña, ésta estaba completamente en otro mundo, con la mirada perdida en la cabecera de la cuna sin prestar atención a nada ni a su alrededor. En la piel resaltaba de nuevo un brillo extraño que ya no estaba sólo en su cuello, sino que se había extendido por toda su cara, luego de un rato, la familia no entendía el porqué ella se comportaba de esa manera y mucho menos ese extraño brillo. Pero nadie más imaginaba lo que pasaría a media noche. Sofía comenzó a observar que la cabecera de la cuna comenzaba a proyectar hacía otra habitación donde todo estaba hecho de juguete, tenía una mesa de té, muchas pelucas en un tocador y una cama. Lo curioso de ese lugar que Sofía veía a través de su cabecera, era que nada estaba hecho de materiales de madera, sino eran de plástico algo así como una casa de muñeca. Para la pequeña era impactante ver lo que estaba frente a sus ojos y en su propia cuna, pero lo que realmente le atemorizaba era que el personaje que aparecía en esa proyección era realmente muy pero muy aterrador. Lo que veía era una mujer de edad joven, aproximadamente de 26 años, piel brillante, sólo que tenía grietas, era calva y usaba pelucas de diversos colores y hasta con brillo, muy parecidas a las que se usan en los carnavales, sólo que con un fleco recto y liso. Siempre incitaba a la pequeña Sofía a jugar con ella, pero como lo he mencionado antes, ella era una niña muy tímida y por miedo nunca quería darle la mano a esta mujer que parecía más una muñeca. La muñeca repetía que quería una hija para cargarla entre sus brazos y que venía por ella por lo cual Sofía se resistía a entrar en su mundo y era ahí cuando ella le jalaba el pelo, porque se convertía en algo diabólico difícil de poder describir. Luego de un mes de crisis nerviosas Sofía se encontraba abajo en la cocina con su tía Flor, que le preparaba una rica leche caliente y al sentarse en la mesa con ella lo único que pudo decir con cara de angustia y terror fue: Tía la muñeca. Y señalando con la mirada a un lado de donde se encontraba su tía. Por lo que su tía no pudo más y le pidió a su hermana que investigaran que era lo que pasaba con esa cuna, hasta que decidieron quedarse despiertos toda la madrugada y fue ahí donde de nuevo escucharon una voz tenebrosa que gritaba ven conmigo pequeña aquí estarás mejor. Corrieron al cuarto pero éste se encontraba completamente cerrado, Sofía lloraba y el padre de la niña rompió la puerta, él no podía creer lo que sus ojos veían, su hija se estaba transformando en porcelana sólo veía una mano que cada vez la jalaba hacia la casa de la muñeca. Cuando el padre reaccionó se abalanzó hacia la pequeña sosteniéndola entre sus brazos, la cuna comenzó a quemarse junto con la mujer joven que la habitaba. 15 años después Sofía era una joven callada y triste pero sólo sonreía frente a un espejo, porque cada que se reflejaba no era ella sino la mujer que habitaba la cuna.

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