Ensayo Primer lugar “El reportaje, un alebrije”

Alma Karla Sandoval

La zoologización se impone cuando aprendemos géneros periodísticos y literarios.1 Alfonso Reyes comenzó a clasificar vía metáfora cuando aseguró que por su hibridez, el ensayo había nacido bajo el signo de Júpiter, en noviembre o diciembre. Por lo que era un Sagitario sin cura. Es decir, viajero, optimista, inteligente, adorador de pensamientos distintos, las costumbres extranjeras y, por supuesto, inestable, un poco infiel, un tanto claridoso. Pero eso sí, un centauro a todas vistas. Mitad hombre, mitad equino en busca siempre de distancias.

Luego Juan Villoro se explicó la crónica nutriendo este bestiario. Con ese fin recurrió a otro animal que los antiguos llamaban “perros de mar”: el ornitorrinco, pero no cualquiera, el de la prosa. Esto porque la crónica extrae de muchos otros géneros lo que es y no; de la entrevista, los diálogos; del teatro moderno, la forma de montarlos; ensayo, la posibilidad de argumentar saberes diversos; del cuento, la sugerencia de que la realidad surge para contar un relato deliberado; de la autobiografía, el tono memorioso; del reportaje, los datos inmodificables, “la lección de las cosas” (2005, 14).

Una clasificación similar se les ocurrió a Carlos Marín y Vicente Leñero al hablar del reportaje dejando en claro los vasos comunicantes entre diversos géneros. Entonces podríamos pensar que Anaxágoras no se equivocó al intuir que todo está en todas las cosas. Pero como no deseamos desentonar en esta forma de pegar calcomanías, digamos que la complejidad del reportaje ni cabalga, ni vuela, ni repta, ni pone huevos, ni respira bajo el agua, ni sale a cazar, ni recurre a mimetismos supremos, ni funda madrigueras o palacios con reinas debajo de la tierra, sino todo eso en conjunto y muchas otras extrañas costumbres.

Así que señoras y señores, el reportaje parece más bien un alebrije2 y no ese rey ante el que se postran los demás, como aseguran los maestros del periodismo del siglo pasado —lo que ciertamente no les resta un ápice de autoridad. Pero sucede que los reyes son un poco aburridos, van desnudos, cometen excesos, eligen mal y engañan a sus esposas, por si fuera poco, no llevan corona por consenso. Optemos por el alebrije ya que no es una persona y alejarnos de nuestra condición a veces es síntoma de buena salud.

Imaginemos al reportaje con un poco de centauro, de ornitorrinco, de perico rojo (la entrevista), de correcaminos (la noticia), de cuento (el búho), de artículo (el delfín), de novela (el elefante). Esto para agotar metáforas taxonómicas y liberarnos de coqueteos dogmáticos. Uno nunca se salva mejor del pensamiento oscuro3 que cuando aprehende algo nuevo y lo ensancha a su antojo. Para lo cual hace falta querer saber,4 ser atrevidos como para partir de un hecho como pedazo de estambre que se puede jalar o mover con cuidado para desenredar la madeja siempre vuelta nudos. La investigación es eso. No existe reportaje sin ese trozo de hilo gritando con toda su corta extensión, “¡aquí hay algo, es por acá!”

Lo peor es dejar que la madeja engorde y cobre fuerza, tanta, que nos lleve. Si eso ocurre, atrapados entre los nudos de mil conflictos no podremos asimilar el otro lado de las tormentas, el rostro del mundo en paz, brillante, y si tenemos suerte, un arco iris. “Para ganar el cielo hay que perderlo”, dijo por ahí San Pablo, pero eso es harina de otros costales. El discurso de este párrafo no quiere renunciar a describir la importancia y con ello la urgencia de aprender a escribir buenos reportajes. En primera porque su cuna es la investigación y esto significa búsqueda, reporteo, indagación y desplazamientos forzosos, sacrificados, nada seguros en muchas ocasiones, pero dadores de vida y experiencias que convierten al periodista un ser de alta tensión.5

Escribir “ser” ya es ganancia en tiempos de mercenarios que nos rodean. Un polaco los llamó “cínicos”, pero quien esto escribe los identifica por su precio de cobre. Pululan. El mejor ejemplo son los estudiantes. Abusando de la generalización y del riesgo que representa, podemos mencionar dos clases comerciando con su alma:

1. Los adictos al mérito frívolo: Desean sacar 10 o 9 a toda costa y ser ellos los únicos, las estrellas del salón, los que después de cuatro años de sacrificios sin límites, sonrían mirando por debajo a los demás cuando su nombre brille pegado a un muro, como si eso les quitara lo bobos. A tal grado ellos callan lo que verdaderamente piensan y sienten, que cuando descubren al rey sin ropas, no levantan la voz ni comparten con alguien más lo que observan. Por nada perderían el estatus de gente bien. Su silencio tiene razones podridas.

Y es que no se habrán formado por gusto y menos por amor, por entrega a la aventura del aprendizaje continuo que es vivir leyendo, discutiendo con autores, compartiendo dudas, reflexionando en solitario sobre lo que se sabe por primera vez6 y, sobre todo, aplicando lo que nos asombra, y por ende nos nutre como seres humanos, en cada una de nuestras acciones, por mínimas que sean.

De ahí que su contacto con el saber no sea ético. En medio de un apuro “intelectual” no dudarían en sacar acordeones, mentir diciendo que sí han leído una novela, quedar bien con un maestro o perseguirlo preguntándole por qué lleva 10 en todas sus materias y en la suya no. Sólo les importa el número que supuestamente indica, da fe, aclara, demuestra lo valiosos que son. Pero, ¿qué tanto vale una persona, cómo se puede medir?, ¿cómo funciona un “humanómetro”? Quien gana 15 mil pesos al mes, puede sintetizarse en esa cifra, ¿puede alguien decir: “Yo soy 35 mil pesos mensuales”, cuando le pregunten por sí mismo, por lo que cree que es, lo que quisiera o solamente pudo convertirse?

Cuidado. Estos cínicos son muy fuertes y aunque es fácil debilitar sus argumentos con preguntas como la anterior, utilizan disfraces celebrados por la historia. Ellos podrían escribir reportajes con orden. Pero seguirían valiendo los billetes o los puntos en una calificación por los cuales realizan el trabajo. Hasta ahí llegan, tienen límite y es corto.

2. Los dependientes de la rebeldía rapaz. Son ególatras, narcisos. Actúan como el reportaje usando a las personas. Y es que están convencidos de que buscaron y encontraron con éxito sus propias rutas. Más inteligentes que los primeros, no les importa demasiado, insisto, “demasiado” (al final el que dirán sí los afecta) lo que otros opinen sobre ellos. Pelean por pelear, discuten porque no entienden o se sienten amenazados; no son tolerantes aun cuando van por el mundo declarando la guerra a los intolerantes. Aprueban sus materias o no; tienen vicios o no, de igual forma entran en crisis con suma facilidad cuando los confrontan o hacen lo que no debían y la culpa los rebasa. Gigantes con pies de lodo. Están aprendiendo a manejar su impulso y se asustan cuando le hacen un simple rayón al coche.

Según ellos nadie los comprende, nadie los aguanta porque son distintos; sólo sus cuates que ven las mismas películas y escuchan su música, sólo su tribu, su novio o novia que los respeta porque hablan el lenguaje que han inventado como escudo. Recuerdan al lejano Oeste donde el hombre blanco se tuvo que unir porque ante todos los problemas que les significaba su circunstancia extranjera, si no estaban juntos se los llevaba el olvido. Eran una raza insegura, unos pocos que al convertirse en jauría exterminaron a todos los diferentes. La incapacidad para ir al encuentro con el otro con la cabeza en alto y los abrazos abiertos, los igualó al homicida. Se les fue de las manos el poder.

Los estudiantes de este tipo tienen mucha hambre de dar con quiénes son. Por eso parecen bravos y nada les gusta; no encuentran alimento y lo roban. Se creen artistas geniales. Piensan que se comen el mundo entero y lo escupen, según sus palabras, entero y no a pedazos. Para ellos su vida está orden, pero se accidentan, no usan cinturón de seguridad ni preservativos. No llevan una brújula por dentro. Su ferocidad viene del maltrato permanente de un sistema incapaz de admitir sensibilidades más desarrolladas. No es toda su culpa. Como tampoco de los adictos al mérito en esta cultura que nos ha vendido la idea de que la educación es una carrera de caballos.

El problema de estos rebeldes es su adicción al conflicto. La verdadera ruptura proviene de la autonomía en autocontrol y el aprendizaje sereno ante los errores. Estas personas están oyendo muchas voces a la vez y nada al mismo tiempo. No aprenden en paz, por tanto no se concentran. No se enamoran de un interés, se apasionan excesivamente con todo y de ahí que no puedan leer a ningún autor dialogando con sus propias palabras. Además se engañan fabricando equilibrios de chocolate y aprendiendo a mentirse. Entonces tienen precio: el de las horas que se los consumen en la lumbre de una inteligencia desperdiciada vuelta ceniza. Nadie quisiera mirar sus reportajes.

Y ya que ha vuelto la palabra eje de este espacio, recordemos lo que Federico Campbell en Periodismo escrito, nos recuerda:

Reportaje viene del francés reportage, es decir: del verbo reporter (llevar, trasladar). El galicismo “reportar” es incorrecto e inaceptable en castellano cuando se utiliza en vez de informar. En sentido estricto reportar significa proporcionar una cosa a alguien, beneficio o satisfacción, como cuando se dice: “Esta novela ha reportado a Elmer Mendoza gran reconocimiento y regalías.” En castellano, pues, reportar quiere decir conseguir u obtener, pero no informar, que sí es lo que significa el verbo reportere en latín (pág. 70).

Informar, de eso se trata, de otorgarle estructura a lo que ocurre (por eso los géneros son básicos) buscando más allá del primer síntoma mediante la utilización de diversas técnicas y herramientas intelectuales. Se trabaja con la realidad. Fue en 1966 cuando el nuevo periodismo descubriría las bondades de utilizar diferentes registros en sus textos. Tom Wolfe así lo expuso cuando se dio cuenta de que había encontrado algo diferente al escribir un artículo en el Esquire, el diario para el que trabajaba:

Era difícil explicar cómo era. Era una subasta de cosas usadas, aquel artículo… bosquejos, reales de erudición, fragmentos de notas, breves ráfagas de sociología, apóstrofes, epítetos, lamentos, cháchara, todo lo que me venía a la cabeza, cosido en su mayor parte de forma tosca y torpe. En eso residía su virtud. Me descubrió la posibilidad de que había algo “nuevo” en periodismo (pág. 26).

Atrayentes las dos últimas líneas porque si la búsqueda de estos reporteros era, a la hora de escribir, apegarse a la realidad; sólo mediante los recursos literarios podían obtener aquellas cercanías. Es aquí donde la paradoja se revela. El arte —y la literatura lo es— construye mundos imaginarios ante el peso de la real porque si lo cargamos todos los días, nos atrofia. Cuando una novela es más fiel que la realidad, comenzamos a no creerle. La imitación no puede ser idéntica.

Hay mucho de fantasía en el mundo tal como es y crudezas en la literatura que nos sacan de su circuito. Lo más claro de todo es que a los seres humanos les gustan las historias. La presentación fría de los hechos no con-mueve, no llega igual que un relato. Necesitamos sentir identificación con el otro que puede ser cualquier persona. Si entendemos que un incendio, huracán, asesinato, robo o violación le ocurrió a una persona con nombre, oficio, rutina y metas, el hecho no logra colarse en nuestra psiquis como agua de garrafón. La noticia se queda en nosotros gracias a los pesados grumos del nombre, el oficio, la rutina, las metas e incluso los sueños de los desafortunados personajes de un suceso en particular.

Para allá se está orientando el periodismo franco; no la corredera de informaciones destrozadas y vacías de este mundo digital. No debe rebasarnos el ánimo apocalíptico,7 pero mal empleadas las autopistas de la información, condenan a choques letales o naufragios onerosos. Lo ideal sería que cada quien con la enorme ventaja de tener acceso a decenas de bases de datos y portales, buscadores, etcétera, pudiera comenzar a producir información y hacerla llegar a todas partes. Lo ideal, si no existiera la ignorancia supina o la pobreza de criterio deontológico. Se puede ser periodista con ganas y compromiso, pero no un comunicador profesional sin referencias, marcos contextuales y errores ortográficos que obliguen a cerrar los ojos. También el ave de la ética se posa en esto. Un doctor frente a un paciente a punto de perder la vida no querrá “salvarlo más o menos”. Si le llegó con una bala en el cráneo no se la sacará sin verificar que no ha pasado a traerle ningún nervio importante; o que lo ha dejado con vida, pero mudo. Un periodista no puede ser un chismoso solamente. Todos los seríamos, en menor o mayor proporción. Saque cada quien sus conclusiones.

Ser la suma de todo lo que no se es parece fácil, pero es más complejo de lo que Miguel Ángel Bastenier asegura. “Aprendiz de todo, maestro en nada”, es otro decir ligero. Para aprender hay que ser valientes, para ser sin convertirnos sólo en alguien y ya, se necesitan años de lectura, también una lealtad sin precedentes a un oficio golpeado y devaluado a veces por los mismos periodistas.

El dinero compra todo. Muchos colegas sostienen que el oficio de informar en México y a largo del planeta es un asco. El propio Arturo Pérez-Reverte afirmó: “El periodismo corrompe, destruye la moral y la fe de las personas. Yo tuve la suerte de entrar cuando me quedaba todavía fe y me salí antes de que me la quitara toda.” Por su parte, el agudo ensayista Cyril Connolly escribe en La tumba sin sosiego: “Todas las incursiones en el periodismo, la radio, la propaganda y el cine, por grandiosas que sean, están de antemano destinadas a la decepción… En la naturaleza de esos trabajos está el no perdurar, así que nunca deberíamos emprenderlos.” Kapuscinski, que lo intuía, respondió: “Si escribimos hagámoslo pensando que a va a durar más de un día, que el valor que queremos dar a un texto es el mismo que un escritor da cuando escribe una novela” (1998, 9).

El problema no es la duración, sino los medios, la distancia, todo eso que apesta entre el periodista y su computadora como el “embute”, el “chayo”, los cheques con dinero mensual normalizando la corrupción del oficio. “Todos lo hacen”, dicen. Sin embargo, cuando un reportaje es digno, no se puede olvidar ni comprar a la mala. Seguramente tiene aliento literario, nos cuenta una historia a la par que informa demostrando, describiendo, enseñando o entreteniendo, un suceso de interés público con trascendencia. Lo mejor entre lo mejor suele permanecer aunque flote en el ciberespacio y nadie sospeche que abriendo esa botella sale un genio.

Bibliografía

Campbell, Federico. Periodismo escrito. Aflaguara, México, 2002.

Camps, Victoria. Paradojas del individualismo. Crítica, Madrid, 2003.

Connolly, Cyril. La tumba sin sosiego. UNAM, México, 1998.

Villoro, Juan. Safari accidental. Joaquín Motriz, México, 2005.

Wolfe, Tome. El nuevo periodismo. Anagrama, Barcelona, 2006.


1 Lo cual es peligroso. Toda rotulación y/o clasificación implica el ejercicio de un poder fáctico que muchas veces violenta, asesinando, la verdad oculta en supuestas historiografías o marcos epistemológicos a la larga siempre endebles. Pero de alguna manera habremos de explicar cómo se comportan (nunca qué son porque los géneros también géneros mutan) esos diversos modos de levantar mundos imaginarios o de informar sobre los ya existentes.

2 No el antro, no la artesanía inventada por Pedro Linares en México, DF, en 1936; sí el animal imaginario que él mismo soñó. Una rara especie, quimera con partes de otros animales que gritaban su nombre.

3 Pienso en la caverna de Platón, claro. También en un modo de esculpir saber desde un tótem que no le da espacio al germen de la duda y, por ende, le niega el trasiego a la crítica. Cuando eso ocurre la cadena nunca tendrá pétalos (ver el epígrafe).

4 Es el deseo más válido, el que sí debería ser brújula para encontrar nuestro sitio en el mundo y descubrir no quiénes somos, sino para qué nos transformamos (a libre arbitrio, aunque muchos nieguen la libertad. Regularmente quien se pronuncia en contra de ella es porque respira entre barrotes) en las personas que los demás conocen. Forjar una identidad no es tarea fácil. Es un proceso que exige la vida entera. Lo entiendo como una obra de arte en permanente tránsito y confección de ella misma.  Pero regresemos a “querer saber”, esa es la clave. El conformismo intelectual es la manzana que pudre lo que toca, ¿Por qué no hacer preguntas, por qué no tomar la decisión de indagar por nuestra cuenta? Uno no sabe porque no quiere.

5 La vida de Kapuscinski es el mejor testimonio.

6 Esta es la verdadera felicidad de quien aprende. Una persona feliz obtiene grandes resultados.

7 Recordando a Umberto Eco quien lanzó al mundo aquello de que los integrados se llevan bien con cualquier avance o reforma tecnológica; y los apocalípticos protesten ante cualquier cambio en los usos, modos y dispositivos de transmisión del conocimiento.

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