En la ruta migratoria

Por Adriana Rebeca Pacheco Paz

La ruta migratoria se distingue por su violencia y por su tortura psicológica, a la que se somete a miles de migrantes desde el sur hasta el norte de la República Mexicana; aunque, en contraste, también se puede encontrar solidaridad, entre los migrantes o por parte de buenas personas que intentan hacer menos duro su calvario.

Paola, licenciada en psicología de la UNAM, ha trabajado durante once años en esa disciplina y desde 2009 con migrantes; apoya desde diferentes albergues distribuidos a lo largo de la ruta a cientos de personas que requieren de su ayuda, como mujeres que dejaron a sus hijos en manos de familiares con el propósito de buscar recursos para alimentarlos y costear algún problema relacionado con la salud; a hombres que huyen de la violencia en sus países a causa del crimen organizado, y a personas que van en busca de mejoras económicas para sus familias.

Todo mundo habla del migrante que se va, que sufre, pero no habla de los que se quedan, madres, hijos y esposas viven la incertidumbre de que si su familiar va a regresar y de su bienestar. Algunas mujeres son controladas desde lejos por el marido, comenta Mónica y es por eso que llevó a cabo un proyecto de caja de ahorro, bancos comunitarios, el cual consiste en ahorrar cada ocho días, durante un tiempo determinado una cantidad, y al final se les da su dinero para que lo ocupen en necesidades del hogar, medicinas, alimentos, etc. A su vez se les dan talleres o pláticas psicológicas para ayudarles a salir adelante y a no perder la esperanza.

Este proyecto duró cuatro años porque tenía como finalidad que fuera autogestivo, es decir, que ellas consiguieran con los talleres el no generar lazos de dependencia, se les dieron las herramientas para que aprendan y para que después ellas se muevan solas.

—Después de este proyecto trabajé con migrantes centroamericanos dándoles terapia psicológica en diferentes albergues en que presté mi servicio— comenta la especialista sobre los migrantes que principalmente venían de países de Guatemala, Honduras, Cuba, República Dominicana, Nicaragua, El Salvador, algunos chinos e hindúes y los mismos mexicanos, que padecían cuando pasan la frontera, uno de sus principales problemas: la extorsión por parte de las autoridades, quienes debían apoyarlos, pero terminan perjudicándolos.

Los migrantes huyen de la violencia en sus países, ya que son amenazados por bandas criminales que les cobran el “impuesto de guerra”, y si ya no tienen con qué pagar, los matan o violan a las mujeres de su familia. Honduras es el país que cuenta con mayor violencia.

En el caso de México, bandas criminales se suben a los trenes como “La Bestia” y les cobran a los migrantes el famoso “impuesto de los 100 dólares”, si es que no les quieren pagar, se utilizan “estrategias de terror” que se basa en agarrar al azar a un migrante y lo arrojan a las vías del tren en movimiento o le dan un balazo enfrente de todos, utilizan violencia extrema porque no hay límites. Se emplean métodos de tortura y secuestro principalmente en la parte del sur del país, siguen con el “secuestrado” su recorrido, pero hasta que la familia no paga no lo dejan libre. En el norte del país en cambio hay secuestros masivos, en donde secuestran a grupos de 10 o 20 personas, no les dan de comer, casi no les dan agua, los amontonan en un cuarto y el trato es indigno.

Pero a pesar de todo el maltrato siempre hay una luz o una esperanza, hay solidaridad entre los mismos migrantes, ellos mismos se comparten de comer, se regalan zapatos si es el otro ya no tiene, se animan entre ellos, es gente de mucha fe.

A lo largo del camino llegan donde se encuentran albergues que pertenecen a iglesias, que son católicos, protestantes, de diferentes religiones que tienen la intención de acoger a los migrantes violentados, asustados, hambrientos y les brindan ayuda.

—Yo les daba terapia, primero se observa quiénes llegaban con la mirada agachada, quienes lloraban o quienes tienen un comportamiento distinto a los demás”, después a ellos se les pregunta personalmente si quieren ayuda. “El objetivo era apoyar emocionalmente al migrante, su salud mental” eran consultas de una sola vez que duraban 50 minutos, muchos migrantes asistían a una terapia porque tenían mucho que sacar— explica la psicóloga. A las terapias asistían más mujeres ya que estaban preocupadas por haber dejado a sus hijos, pero que necesitan llegar a Estados Unidos para mandarles dinero para sus estudios, para que ya no pasan hambre, o para alguna operación.

Dentro de la ruta migratoria en el país hay 101 organizaciones, de las cuales 90 son religiosas, hay familias trabajando para apoyar a los migrantes, personas voluntarias.

Entre los migrantes también hay niños, que en la zona norte son muy vulnerables porque son reclutados por los narcotraficantes y se les da el nombre de “burreros” porque pasan droga de una frontera a otra por túneles. Algunos pasan al otro lado con vida, pero hay otros que en la persecución pierden la vida.

En la ruta del migrante van Dios y el Diablo de la mano porque es la expresión máxima de lo que puede ser el ser humano, cómo hay personas que son crueles, que matan y secuestran, también hay otras que se desviven por ayudar a los que más los necesitan y son solidarios.

En la ayuda con los migrantes también se trabajó con problemas intrafamiliares, duelos y separaciones forzadas.

Una de las experiencias que a Paola más le impactó fue el caso de un guatemalteco a quien le dio terapia en Veracruz, este le contó que cuando era niño había visto como mataban a su familia desde debajo de la cama que es donde se escondía; cuando la banda criminal lo encontró lo invitó a unirse a su grupo, pero antes tuvo que pasar por distintas pruebas, que constaba en matar a distintas personas, pero en realidad él no quería hacerlo, no obstante se vio forzado, después de muchos años se había convertido en “una máquina de matar” de lo cual se sentía apenado y culpable.

—Yo no lo pude juzgar por lo que hizo o hará nuevamente, solo puedo ayudarlo y guiarlo a una respuesta, me agradeció la confianza por haberlo escuchado, por tratarlo dignamente, no lo tratas como delincuente, se le ayuda con estrategias a comprenderse y hacer que recapacite él solo, si lo hace bien, si no…, ese es el trabajo del psicólogo— concluye la especialista.

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