Donde los hippies se volvieron yuppies

Donde los hippies se volvieron yuppies

Por: Mariana Lagunas

Las vacaciones, puentes o días de descanso son oportunidades para descubrir lugares de nuestro país que permanecen desconocidos aunque algunos de ellos estén prácticamente a la vuelta de la esquina.

Este reciente asueto de Semana Santa fue magnífico para recorrer un lugar que tiene un sabor a nostalgia reciente, a invitación por la música y la transgresión. Avándaro mantiene un atractivo especial y casi mágico ligado a la rebeldía que se vivió en los años 70 del siglo pasado.

Está a cinco kilómetros de Valle de Bravo, en el Estado de México. Los residentes de este pueblo mágico se han esforzado por mantener su encanto de ensueño. Por ningún lugar encontrarás un Oxxo o una bodega Aurrerá. Los comercios son pequeños, la tradicional tiendita del barrio, con recauderías que ofrecen los vegetales cosechados por ellos mismos. También hay madererías, negocio prácticamente inexistente ya en esta Ciudad de México.

Ir a Avándaro en la actualidad también puede ser una aventura, como en 1971, cuando se llevó a cabo el mítico concierto que, de alguna manera, significó el veto para las grandes celebraciones del rock.

Si estás pensando que el viaje a Avándaro será como abordar una cápsula del tiempo para ver a hippies rezagados, que se quedaron en el viaje hacia el concierto y que pasaron más de 45 años congelados en el tiempo, te vas a equivocar.

Prácticamente cualquier taxista en Valle de Bravo es un guía de turistas. Cuando les mencionas que quieres ir a Avándaro inmediatamente te dicen: “¡Ah, sí!, donde se hizo el concierto ese de rock y ruedas”.

Ahora el principal atractivo es el parque del velo de novia. La curiosidad es natural y la pregunta llega, casi inmediata. ¿Y quedó algo del concierto? La actualidad nos ubica y acaba con el romanticismo.

El taxista avisa: “cuando vayamos llegando le aviso dónde fue el concierto”. Los cinco kilómetros son de una carretera sinuosa, de dos carriles, uno de ida y otro de vuelta, en donde no te puedes descuidar, porque a la vuelta menos pensada sale un auto que se te arrolla sin la menor contemplación.

El color verde se vuelve unánime. Por todas partes hay árboles y un sonido casi inexistente en la urbe capitalina, te sorprende: el canto de los pájaros nos recuerda a unas dos horas de la ciudad hay una realidad que se nos escapa de manera cotidiana.

Un letrero aclara el camino ante una división de la ruta: Avándaro. Comienza la explicación del taxista: “aquí fue donde se llevó a cabo el concierto. Como verá, ya no queda nada. Sólo estas casas”. A ambos lados de la esbelta carretera hay grupos de mansiones que la flanquean. Impresionantes. De corte californiano con techo a dos aguas. Las entradas de las casas podríamos encontrarlas en las mansiones señoriales de Las Lomas. El contraste del paisaje es impresionante. Al camino escuetamente pavimentado, bordeado de árboles, se le oponen las casas que están construidas en terrenos que tienen hectáreas de espacio.

El chofer señala una de las propiedades inmensas: “aquí estuvo el escenario”. Sólo la palabra del conductor nos permite visualizar lo que hace décadas no está. A nadie se le ocurrió erigir una placa, dejar un espacio verde, como lo hay en Woodstock, Nueva York, donde el dueño del terreno donde se hizo el concierto dejó una parte sin usar. Aquí los hippies se volvieron yuppies. En donde cantaron Tinta Blanca, Peace and Love, División del Norte, ahora está una casa con bardas estilo búnker y edificación palaciega.

El sueño de la convivencia del amor, paz y música se volvió un monumento al lujo bucólico. Si el eventual turista no tiene idea de que ahí se llevó a cabo el concierto más legendario en la historia en la música pasará de largo sin apenas percatarse de que estuvo en escenario de Avándaro.

Hay que avanzar un poco más para llegar al parque donde está la cascada Velo de Novia. Aquí la naturaleza ha seguido su camino. Antes de Velo de Novia hay otra caída de agua más pequeña. Las familias y grupos de paseantes llegan hasta la orilla del riachuelo que se forma. Hay una explanada y de ahí se camina, o puede alquilarse un caballo, hacia el Velo de Novia, más imponente que la pequeña. Aquí nadie recuerda al concierto de hace 45 años.

El centro pueblo del pueblo parece de cuento de hadas. Sus calles son armónicas en el trazado y los negocios son de estética que enamora. Pero no hay que poner mucha atención para descubrir que los comercios podrían estar en Polanco o Presidente Masaryk. No en todos los pueblos mágicos hay negocios de venta y alquiler de lanchas. En Avándaro hay casas que, en lugar de cocheras, tienen pequeños muelles para que sus dueños puedan estacionar sus lanchas.

La nostalgia hippie ya no tiene lugar en Avándaro. El pueblo se convirtió recientemente, ni las casas ni los negocios del centro tienen más de 25 años, en refugio de artistas y empresarios.

Probablemente aquellos jóvenes que se alocaron en septiembre de 1971 mientras disfrutaban del concierto de rock y ruedas regresaron a Avándaro, pero con otras expectativas. Ya no viajan con un morral de ilusiones, sino que llegaron con un portafolio de inversiones que les permitió borrar el escenario del concierto para convertirlo en un chalet con muelle y estacionar su lancha, que usar el fin de semana, porque según el taxista-guía, estas casas casi siempre están vacías porque sus dueños sólo las usan para vacaciones, puentes o días de descanso.

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