Del acoso al feminicidio

Por: Ana Laura Jiménez Flores

“Iba caminando, de pronto sentí una mano que me agarró las nalgas. No reaccioné en el momento; me quedé pasmada en la calle vacía, no había ningún peatón ni automóvil cercano, eran cerca de las 10 de la noche en Metepec, Estado de México. El sujeto iba en una bicicleta, pude escucharlo antes de que pasara cerca pero no le presté atención. Se fue orillando para llegar a mí y de un movimiento brusco con el brazo estiró la palma de la mano; no sólo tocó mi trasero sino que lo apretó. Después del acto cobarde se dio a la fuga. Sólo alcancé a gritar lo primero que pensé de él: “pendejo”. Dos sentimientos se apoderaron de mí: odio e impotencia. El primero lo sentía porque alguien se había atrevido a violentarme sexualmente, a faltar a los derechos que tengo sobre mi cuerpo; el segundo, porque sabía que el hecho iba a quedar impune, no le vi el rostro, no había testigos, el agresor se fugó y ahí estaba yo… una víctima más de las mil 643 mujeres que son agredidas en México diariamente”.

La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en el artículo 13 define el hostigamiento y el acoso sexual como un ejercicio de poder, una relación de subordinación real de una víctima frente al agresor que se expresa en conductas verbales, físicas o ambas, pero relacionadas con la sexualidad y de connotación lasciva. Así se menciona en dicha ley: “El acoso sexual es una forma de violencia en la que, si bien no existe la subordinación, hay un ejercicio abusivo de poder que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos".

En una encuesta realizada por la ECOPRED y publicada en Animal Político se calcula que 332 mil 363 mujeres de 12 a 29 años han sido víctimas de acoso sexual. De las víctimas se calcula que el 39.8% fue agredida en la calle, el 12.1% en un lugar público; mientras que el 26% fue en otro sitio. El acoso no sólo ocurre en lugares externos; el 12.7% dijo sufrir acoso en la escuela; 12% lo padeció en su casa y el 3.5% en el trabajo; por otra parte el 12.3% no respondió o dijo no saber el lugar del acoso.

Según la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia después del acoso hay consecuencias personales y éstas varían dependiendo de las dimensiones de la vida de la víctima; como en su salud, en su equilibrio emocional y en su actividad laboral. No son determinantes porque también influyen las redes de apoyo con las que cuenta la persona agredida. Las consecuencias psicológicas pueden ser cuadros o síndromes severos de ansiedad, depresión, estrés, baja autoestima, enojo e impotencia.

El acoso va más allá de un silbido en la calle o de una palabra obscena, de un “arrimón”, de un roce o de tocar el cuerpo de otra persona sin su consentimiento. El acoso pone en perspectiva la imagen que el agresor tiene de la que hace su víctima; no la ve como igual sino como un objeto que, si se le da la gana, puede tomar.

Lo preocupante de esta visión distorsionada que algunos hombres tienen de la mujer pone en peligro a esta. Vivimos en un país donde hay mujeres desaparecidas, víctimas de violación, de acoso y asesinadas. Datos de la ONU ponen a México en primer lugar de casos de violencia sexual en el mundo y en el puesto 16 en cuanto a feminicidios.

Metepec es uno de los municipios, que se puede considerar, más seguros del Estado de México, mientras que Ecatepec encabeza la lista en cuanto a feminicidios. En México son asesinadas seis mujeres al día y más de las mil 643 son agredidas diariamente.

Las cifras crecientes muestran a un Estado ineficiente en brindar seguridad a sus ciudadanos y se demuestra en la tardía respuesta de la Alerta de Género que no fue activada sino hasta el gobierno de Eruviel Ávila cuando los feminicidios aumentaron durante el mandato anterior que estaba a cargo de Enrique Peña Nieto.

Entre 2012 y 2013 fueron asesinadas 3 mil 892 mujeres de acuerdo con Observatorio Nacional Ciudadano, de los cuales 613 de los casos fue investigado y el 1.6% recibieron sentencia. La ineptitud al no aplicar la ley y dejar que la impunidad tome las riendas del país, esa falta de autoridad, manda un mensaje claro: “aquí no pasa nada”. No pasa nada si se quebranta la ley; no pasa nada si secuestran; no pasa nada si asesinan. Las leyes están sólo escritas y parecen pocas las veces que se ven en acción.

Se puede llenar una casa blanca con los archivos sin resolver de víctimas que piden justicia y se puede llenar la plancha del Zócalo de ciudadanos hartos de la situación de violencia actual, como se vio en la marcha de #VivasNosQueremos que pedía el cese de la violencia contra el género femenino porque a gritos y consignas dirigidos a oídos sordos, se pedía ir en contra de la indiferencia.

La violencia de género no se soluciona con pitos, cornetas o panderos. No es común, no se debe permitir y nunca es culpa de la persona agredida. El acoso se puede convertir en feminicidio porque parten de la misma idea de ver a la mujer a disposición de los deseos del hombre. No se pide justicia y seguridad como mujer, sino como ser humano. Porque si alguien no respeta el cuerpo y voluntad de otra persona, quién garantiza que éste va a respetar una vida.

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