Definiendo al mexicano

Por: Ana Laura Jiménez Flores

 “Los jades y las plumas de quetzal con piedras han sido destruidos, mis grandes señores, los embriagados por la muerte, allá en la orilla del agua, los mexicanos en la región de los magueyes”.

Nezahualpilli

Qué hace de mi México un país tan entrañable, o es acaso que el haber nacido en estas tierras me vuelve emocional y por eso me ubico entre sus calles, coloridas y adoquinadas; me reconozco entre su gente, los inconformes e indiferentes; me busco entre las llanuras, montañas y precipicios, por desiertos, bosques, ríos y playas…y es que México tiene un paraíso a merced de un pueblo carente de identidad, como quien ignora el oro bañado en fango, no por ignorancia, sino por pereza y costumbre.

Les diré cuán complicado es definir al mexicano, porque no hay una palabra que encierre lo que es, hay descripciones, todas vagas y ninguna general. Dicen que el hombre, desde que supo nombrar las cosas, se hizo dueño de ellas, o al menos imaginó poseer un efímero dominio sobre la inmensidad de las cosas. Entonces, ¿cómo es el mexicano?

Somos estoicos e impasibles, procuramos ser resignados, pacientes y sufridos pero con dignidad ante la derrota, ante la historia de nuestra patria, y no es necesariamente una historia triste, decía Jorge Ibargüengoitia que lo triste o lo alegre de una historia no depende de los hechos ocurridos, sino de la actitud que tenga el que los está registrando. Pero hemos narrado nuestra historia con sangre de victimarios, si es triste nuestro enfoque de las cosas es porque así lo hemos querido.

Porque no fuimos conquistados por un país de comerciantes y agricultores, sino por uno de militares y sacerdotes, y el mexicano no quiere ser ni indio ni español. Tampoco quiere descender de ellos y,  antes que todo, los niega, niega su origen y mira con recelo al pasado. “No se afirma en tanto que mestizo sino como abstracción: es un hombre hijo de la nada”, escribe Ibargüengoitia.

“El mexicano se me parece como un ser que se encierra  y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortes al mismo tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación”, nos describe Octavio Paz en El laberinto de la soledad.

Sí, el mexicano tiende a ser acomplejado hasta físicamente, vive en comparación con el estereotipo de belleza que se le vende. Los aparadores donde se exhiben las revistas presumen las figuras europeas, altas y estilizadas, de piernas largas y rasgos finos, ojos azules, tez blanca y melenas rubias. Ve el exterior y no se halla; reniega de su color y complexión por eso lucha, hasta contra de sí mismo, para pertenecer, busca su identidad en un lugar ajeno a él.

En ocasiones el mexicano es metiche y avorazado, desconsiderado  e intolerante y si de algo peca es de hablador. Vive de apariencias, y es que aparenta ser otra cosa e  incluso prefiere la apariencia de la muerte o del no ser antes que abrir su intimidad y cambiar, como la analiza Carlos Fuentes.

Escribía Ibargüengoitia, que mientras más enojado estaba con este país y más lejos viajaba, más mexicano se sentía.Tal vez porque “el hombre sale desde su entraña al encuentro del mundo y lo primero que halla sobre el mundo es su pueblo”, decía José Alvarado.

México, un país cuyo nombre está en boca de tanta gente demagógica. Su gente encontró en el hermetismo un recurso de recelo y desconfianza. Abrirse es debilidad. Se creo la idea que el hombre mexicano debe de aguantar, de callar su coraje esperando que todo pase o aprender a vivir con ello. Resignado y digno va con el alma descubierta, susceptible ante la crítica, todo puede herirle, es juzgado y él se conoce. Cree que la vida le ha sido hostil y su actitud ante ella es de resentimiento. Recuerdo un poema de Amado Nervo llamado Mi México:

Nací de una raza triste, de un país sin unidad ni ideal ni patriotismo; mi optimismo es tan sólo voluntad; obstinación en querer, con todos mis anhelares, un México que ha de ser, a pesar de los pesares, y que yo ya no he de ver…

El mexicano vive en un estado patriarcal, el gobierno es el padre, y como hijo malcriado culpa de todo a su progenitor. “Sabe que vive en un mundo infantil, en el que el que no llora no mama. Avorazado no sólo de dinero, sino de posición”, dice Fuentes. Su conducta es imitada y valemadrista -le vale madres, no le importa- actúa poniendo como ejemplo a los demás, pero no en cosas de provecho, si el político roba porqué no, si otros son corruptos porqué yo no. Encuentra la justificación de sus acciones en la victimización y prevención de su mentalidad pobre “antes de que me chinguen me los chingo yo”.

El inicio de este texto fue un fragmento de un poema de Nezahualpilli, un sabio y poeta hijo de Nezahualcóyotl (1464-1515) quien sucedió a su padre como señor de Texcoco y fue un gobernante que creía que justicia y poesía tenían el mismo significado. No fue en vano el citar a éste poeta, creo que en la poesía el mexicano puede conocerse e indagar en su origen, tener la identidad que le falta y que siempre dio por arrebatada.

Son las letras de cientos de escritores que nacieron en este suelo fértil los que cuentan una historia: de amor, pasión, de vivencias y pesadumbres, del nocturno o de la patria…

Ramón López Velarde es uno de los pocos escritores que aborda el tema y asume su identidad dejando a un lado la universalidad de la poesía y la explica con la belleza de las letras, narra como la patria, con su mutilado territorio se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tú vales por el rio de las virtudes de tu mujerío; tus hijas atraviesan como hadas, o destilando un invisible alcohol, vestidas con las redes de tu sol, cruzan como botellas alambradas.

(…)Tus entrañas no niegan un asilo para el ave que el párvulo sepulta en una caja de carretes de hilo, y nuestra juventud, llorando, oculta dentro de ti el cadáver hecho poma de aves que hablan nuestro mismo idioma.

¿Qué es más difícil, definir al mexicano o definirse a sí mismo? ¿Quién es el mexicano? Es lo que lo construye, su historia y las decisiones que toma, su actitud ante el mundo y la visión que tiene de él. Tener una identidad es el primer paso para reconocerse, aceptar y no negar forma a individuos seguros de sus capacidades y dispuestos a luchar por un país mejor.

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