Cuento 1er. Lugar

La pérdida

Por Luis Enrique Hernández Rodríguez

Escuchas sonar la campana, ves a los alumnos abandonar el aula, el profesor ve que te quedas ahí quieto en tu pupitre  reflexionando una idea en tu cabeza - ¿Cuándo te recuperarás mamá?- Tras un breve silencio, el maestro te pregunta:

-¿Qué pasa Julián? No deseas llegar rápido a casa, es fin de semana.

Respondes con un “sí”, apenas audible, mientras guardas la libreta en tu morral. Al abandonar la escuela, en la calle hay un fuerte sol de verano que te recuerda el largo camino a casa. A la distancia, Chucho, Pepe y Lalo corren hacia a ti; al estar lo bastante cerca te preguntan:

-¡Julián!, vamos al llano a jugar futbol. ¿Qué dices? Dos contra dos.

-No puedo… puff… se las debo… pero en la noche podemos vernos en las chispas. Hablas del otro pasatiempo que les ha hecho perder varias tardes; los juegos de video, donde pasan horas gastando el dinero del lunch en intercambiarlo en fichas para poder tener derecho a una partida.

-Tons en la noche nos vemos en “El Rincón”. Pepe habla del local que ha atrapado a los escuincles con el entretenimiento de video en juegos, al cual asistías cuando tu mamá iba a comprar al mercado. Tú gastabas todo en fichas para deleitarte horas snowbrothers.

Sin decir más, Chucho, Pepe y Lalo se alejan aprisa, así aprovechan la luz del sol para el partido del llano. Al verlos correr te da gracia la forma en que sus se ensucian mientras corren sobre la tierra. Caminas. El intenso calor se intensifica en la tela de tu uniforme de escuela secundaria.

En tu cabeza repasas y repasas las tareas que se han convertido en el nuevo estilo de vida: llegar a casa, cambiarse de ropa, darle de comer a las gallinas, comer la merienda de frijoles, chile, tortillas y arroz.

El camino sin el empedrado te avisa de la cercanía del hogar. A lo lejos una figura viene por el mismo sendero por el que vas. Descifras aquella silueta, desde su sombrero de paja hasta sus pies, sólo vestidos por sus sandalias. Es él, aquel al que tú llamas padre. Te preguntas por su presencia. ¿Por qué no respeto las nuevas costumbres? Pero entre más cerca lo vez, menos crece el deseo de toparte con él. En sus ojos se distinguen lágrimas; es inevitable, es como el choque del toro y el torero.

-Pá, ¿qué hace aquí? Aún no es tiempo del cambio de guardia.

-No hay necesidá… ya no hay necesidá…

-¡Qué dice, jefe!  Venga pues, vamos a merendar y luego vamos a ver al…

-Por qué no escucha, chamaco pendejo…ya no hay necesidá. Los ojos de tu padre aumentan el nivel de lágrimas, mientras su nariz mostraba pausas para respirar.

-Bueno, qué tanto quiere decir usted, pues, dígalo o contrólese.

-Su má, muerta está… ya no hay necesidá. Ante tu sorpresa, tu padre lleva sus arrugadas manos a su rostro, cubriéndolo para que no le mires su rostro abatido por el dolor.

Aunque ya es todo un adulto, tu procreador no ha olvidado cómo es llorar como un niño: se tira al piso y entre gritos y pucheros no deja de lanzar sollozos. Tus pies sienten que en vez de pisar arena pisan tierra, y entre susurros te repites… ya no hay necesidá .No lloras, no reflexionas, no paras al anciano al que llamas padre, sigues tu camino. A la distancia distingues la construcción que es tu hogar; mujeres con sus chales negros sostienen sus rosarios, solamente murmullos y gemidos se escuchan en el aire.

En tu mente vez la cama del hospital, a tu gorda y anciana madre sufriendo y quejándose de malestar, teniendo fiebre, sudando a mares, te tuvo vieja. En tu mente se repite sin cesar el lema de tu madre: Mientras haiga necesidá habrá que trabajar; te miras moliendo mazorca en los campos de tres marías, trabajando de peón en los rosales de Acatlipa y estudiando todas las noches mientras tu apá bebía vino de caña.

Pasas inadvertido por las sombras que representan los amigos y familiares de tu ya inerte figura materna, escuchas que se dicen entre susurros fue la fiebre misteriosa. En el recibidor, cual caverna, cuelga un zacate para limpiar el lodo de los huaraches; ahí tirado yacía un cuerpo hinchado bajo una sabana, sobresalen los gruesos dedos que siempre te bendijeron cada vez que abandonabas aquel destruido jacal.

Aun así saltas el cadáver que alguna vez te parió y cual marioneta te cambias el atuendo, alimentas a las gallinas, meriendas; vuelves a tu habitación, tomas el morral y guardas tú un par de cambios de ropa.

Sin mirar atrás abandonas el jacal/hogar, del “Patriarca” ya no se escucha más, caminas por la vereda, los perros no dejan de ladrar al verte pasar, el sol se comienza a ocultar, apresuras el paso, ni cuenta te das de cuando empiezas a correr; a tu mente vuelve el recuerdo de golpe de ti recibiendo tremenda paliza de aquel palo arrugado, que siempre ha sido tu jefe, por no desgranar bien el maíz. Tu madre, mirando, está segura: esa es la única manera de educar.

El sonido de la bocina del auto te devuelve al camino ya empedrado, además de la bocina sólo escuchas el grito “Chinga, fíjate” que viene del interior del auto, sin darte cuenta frente a ti está “El Rincón”, donde las chispas, maquinitas, juegos electrónicos están a reventar. Ahí te encuentras con Chucho, Pepe y Lalo. Te ven e invitan a unirte con ellos a una fiesta que se está dando por ahí cerca, tú te quiebras e imitas a tu taita lanzando un sollozo seguido de lágrimas de cocodrilo, tus amigos te dejan. Te dicen dónde es la fiesta por si te interesa ir.

Afuera de “El Rincón” reflexionas la ocasión cuando tu madrecita te curaba las heridas y moretones de una de las tantas formas educativas del “Llorón”. De una de las bolsitas de su maltratado mandil sacaba un objeto que ocultaban aquellos gruesos tibios y vivos dedos, depositándolo en tus manos.

-La dejaste olvidada

Te daba aquella ficha tan necesaria para activar las máquinas de juegos de video. Entras, mientras el dueño te dice estamos por cerrar, joven. Sin mirarlo le respondes “no voy a tardar”. Te pones frente a los aparatos. Snowbrothers, aquel videojuego que te entretuvo todas las veces que acompañaste a tu madre por el mandado. Con una sola ficha lograbas llegar hasta el último nivel pero no lograbas terminarlo. Pasaba a recogerte y regresaban para evitar problemas con el viejo; sobra decir que no has logrado terminarlo.

Tomas la ficha perdida entre tus callosos dedos. Por última vez, la acercas decididamente a la rendija del juego antes de soltarla y perderla junto a un recuerdo maternal. Sin darte cuenta hablas en voz alta:

Por ti, mamá, un intento más, siempre habrá necesidá.

Game Over

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