Crónica para recordar, a 6 meses del sismo 19S

El pasado lunes 19 de marzo, se cumplió medio año del sismo que sacudió a la CDMX. Esta crónica, relata cómo lo vivimos del lado norte de la ciudad, dentro del Colegio del Tepeyac,  entre las calles de Callao y Coquimbo, en Lindavista. Por: Brenda Ramírez

Simulacro fallido antes del sismo

El martes 19 de septiembre ya estaba destinado a ser un poco diferente. Al menos, en el trabajo nos habían anunciado que debíamos hacer simulacro puntual a las 11:00 de la mañana. Después de explicarle a mis 27 chaparros del grupo de la mañana por qué se hacía simulacro ese día y qué había pasado 32 años atrás. Trabajamos como todos los días hasta que dio la hora del simulacro. Abrí la puerta 10:59 para alcanzar a escuchar los silbatos que cada coordinadora o directivo suenan cuando hay que evacuar el edificio. Así fue, a las 11:00 en punto sonaron y nos dispusimos a bajar los 2 pisos que dan al patio central para después caminar “ordenadamente” al patio norte, punto de reunión. Lo hicieron fatal: bajaban de la mano, se iban empujando, se reían. Si eso lo hacían los míos, que no tienen más de ocho años, podemos imaginar perfecto cómo lo hace primaria superior. Lo tomaron a juego, lo tomaron a broma.
Simulacros dentro de los colegios
Simulacros dentro de los colegios
Subiendo al salón, cerré la puerta y esperé que hubiera silencio. Era mi responsabilidad hacerles saber que el simulacro no era un juego, que podían existir peligros reales. Que los temblores no avisan y tenían que estar preparados, conocer las normas de emergencia. Los vi, atentos, aterrados, calladitos. Mis palabras me retumbarían en la cabeza horas después, pero no lo sabía. Después del receso, al medio día, subí al salón con mi grupo “difícil”. Digo difícil porque son más inquietos, aprenden haciendo. Hicimos parte de la rutina de todos los días y apliqué examen. Luego del examen, por ahí de las 12:50, anotamos la guía de estudio y di la explicación de los ejercicios que debían realizar. Me senté en el escritorio y en lo que acababan, en silencio, empecé a calificar sus exámenes y a decirles sus calificaciones.

Minutos antes del sismo

Iba en el examen de Ximena, número 21 de lista, cuando sentí una sensación parecida al desmayo. Me puse de pie y sentí un movimiento extraño, pensé que era yo. No había ninguna alarma, ningún silbato. En una milésima de segundo, vi a mis chaparros. Me veían inmóviles, sin parpadear. Antes de escuchar los silbatos, les grité lo más fuerte que pude que había que irnos, que salieran en orden, que ya sabían dónde nos encontraríamos. Ahora sí era un sismo. Salieron más de 20, nuestro salón está pegado a las escaleras. Apresuré a los otros siete. Cinco salieron rápido, dos se paralizaron. Logramos salir, llegar a las escaleras. Cuando estábamos por bajar los que quedábamos hasta arriba, una sacudida violenta los tiró de las escaleras. Uno tras otro, como dominó. Los niños ya no me escuchaban, ya no podían mantener la calma. Yo estaba segura que no alcanzaríamos a bajar, que tenía que encontrar otra manera de salvarlos. Por un par de segundos, bajó de intensidad. Cargué a los que pude, no supe si eran míos o de alguien más. Levanté a varios, llevaba dos agarrados en cada brazo. En el piso de abajo, primero y segundo ya estaba por llegar al patio. Por fin llegamos, caminamos o corrimos al punto de reunión. Los niños lloraban, no entendían qué pasaba, no entendían el movimiento, el miedo, los gritos, la angustia. Abracé a muchos, incluso a los que no eran míos. Les dije que estábamos juntos, que lo peor ya había pasado, pero me equivoqué.
Edificio Coquimbo y Sierravista tras el sismo
Edificio Coquimbo y Sierravista tras el sismo
 

El miedo

Cuando estábamos todos los maestros, directivos, personal de administración, absolutamente toda la comunidad Tepeyac en conteo de niños, tras el sismo, ocurrió lo peor: el edificio frente a nuestro patio, en Coquimbo, colapsó. Se escuchó un ruido de explosión, tronaron ventanas y nos llenamos en segundos de un humo pesado, naranja. Cada noche, cierro los ojos y lo escucho. El momento exacto en el que se condenaron las vidas de ese edificio, las manitas de los niños señalando el edificio a pocos metros atrás de ellos y sus gritos, llenos de pánico, de terror.  Cuando empezó a invadirnos el olor a gas, corrimos con todas nuestras fuerzas al patio sur, el de secundaria.

La incertidumbre

Los acomodamos a todos, primero por grupo, luego por grado. Cuando estuvieron asegurados, estuve repartiendo a mis niños. Llegaban las mamás, con los ojos fuera de sí y yo, les regresaba su vida entera, a sus y mis chaparros hinchados de llorar. En breves ocasiones, intentaba localizar a mis hermanas, a mis tías, a mi papá. Jamás tuve señal. Entregamos a los niños así, como estaban. Sin posibilidad alguna de regresar a los salones por sus cosas, sin nada más importante que mantenerlos a salvo. El sol, el olor a gas, las lágrimas, la incertidumbre los debilitaban cada minuto más. Volví a contar a los niños, volvimos todos y cada uno de los maestros a auxiliar a los familiares desesperados, incapaces de buscar fríamente a los suyos. Mi jefe, el director, estaba desencajado. La corbata floja, el sudor escurriendo. Nosotros, esperando indicaciones, manteniéndolos juntos, consiguiéndoles agua para su boquita o su cabeza, para evitar la insolación. Pasamos más de tres horas en el patio, intentando entregar a todos.
Elementos de rescate en la calle de Coquimbo
Elementos de rescate en la calle de Coquimbo

Ya con más calma después del sismo

Un poco más tarde, metimos a los pequeños en el gimnasio de la escuela. Volvió a tronar otro tanque de gas cercano, de nuevo corrimos al patio. Cuando parecían ser menos los niños, nos indicaron subiéramos por nuestras cosas a los salones, de tres en tres. Tenía que ser rápido. Sentí adrenalina. Sentí una energía que juré que ya se había acabado y corrí, temblando, a abrir mi salón y sacar mis cosas. En cuanto acabé, bajé al patio y esperé un poco más. Para salir, pasadas las cuatro de la tarde, miré al alrededor y vi las calles acordonadas, las ambulancias, la gente. No había paso, ningún civil debía pasar. No podía procesarlo, no lo podía entender. Me subí a la camioneta y fui a casa de una amiga, a pocas calles del trabajo. No había luz, pero ya tenía señal. Hablé con los míos y sin tener acceso a las noticias, revisé mis redes sociales. No podía creer lo que veía: lo edificios colapsados en segundos, las explosiones, la cantidad de videos que había sólo de la Ciudad de México. Luego, regresó la luz. Conecté rápido mi celular, con esperanza de saber más de cómo y dónde me encontraría con mi familia. Prendí las noticias, mismas que no apagué hasta varios días después.

Share This: