1984 la visión de George Orwell

La ciencia y la tecnología cohabitan con el fracaso o el éxito. Treinta y cinco años antes de la fecha se tituló 1984  una obra donde se fraterniza con la idea de progreso que depende, en mucho, de lo que se entienda del concepto. Una novela que mediante un contexto político se anticipa a un futuro sumido en la rutina. Carente de cualquier signo de pensamiento o siquiera intento de querer hacerlo. Un texto político y futurista que ofrece una lectura palpable y visible. Comparable ineludiblemente con una realidad que ya se vive. Un anticipo de un devenir distópico.
Por: Miguel Sosa

1984... el futuro nos ha alcanzado

El escritor británico George Orwell, redactó en 1949, a dos años de haber dado inicio el conflicto que marcaba una nueva era inmediata a la Segunda Guerra Mundial, la paradigmática Guerra Fría, mejor conocida como el fenómeno bélico que determinó la ruptura entre esa delgada línea entre un presente y el escurridizo futuro, una historia políticamente incorrecta. Un Orwell de ideas socialistas que apoyó a la República en la Guerra Civil Española. Una pluma literaria que propugnaba y evaporizaba política en su más pura expresión literaria. Relato en torno a Winston Smith, trabajador del Ministerio de la Verdad, y las cavilaciones que le vuelven un desadaptado. Una falla en el sistema de un nuevo imperio tecnológico: Oceanía.
Ficción o realidad
El protagonista es un robot carnificado más. La entidad a la que pertenece, ejerce junto con el Ministerio de la Abundancia, para una supuesta economía planificada racionando alimentos; el Ministerio de la Paz, que irónica y verídicamente es en la obra y como componente de la realidad, un elemento que devela el inadecuado funcionamiento y conciencia de lo que el ser una institución gubernamental representa, ya que en la historia ésta se encarga de los asuntos de guerra. El del Amor, usado como fenómeno de descomposición social. Creando una humanidad que sólo alberga y reafirma constantemente sentimientos de lealtad y amor hacia un solo sujeto-objeto: el Gran Hermano. Un ser sofocantemente omnipresente. Multiforme que se ofrece de rostro severo y que cuida cada rincón físico, mental y metafísico de todo lo posible a su alcance, utilizando para ello principalmente el miedo, la tortura y el lavado de cerebro.
1984 Futuro distópico profetizado por George Orwell. Cortesía: Google Imágenes
 

Big Brother

Smith colaboraba en la peor labor, para mí, de las cuatro fundamentales de un gobierno opresor que no sobrevive sin su respectiva Policía del Pensamiento, pero tampoco sin moldear la realidad: controlar la información, borrar todo registro del pasado, ratificar una eterna idea de un desilusionante presente. Desaparecer todo rastro de esperanza. Una mirada basta, ahí o allá. Penetrante, permanente. Existe un dibujo, pero quizá no le asemeje a lo que se dibuja en la mente. Atraviesa paredes como lo hace con el tiempo. Nulifica de manera escalofriante todo instante de intimidad. Con mayor encaro, Orwell pulveriza más lo ya triturado. Se modifica el lenguaje y se consolida una neolengua. Se distorsionan los hechos, los significados, las interpretaciones, creando una nueva realidad artificial: todo está prohibido. A pesar de ello, aún a costa de vivir, si se puede llamar a aquello vida, dentro de un sistema que descubrió como ente social el método para imposibilitar a la mente humana de realizar su función natural de razonar. Y que de manera tecnológica cual ente que evoluciona y se adapta y se vuelve nadie y parte de todo y adquiere la suficiente inteligencia artificial, Smith y Julia palpitan ritmos disonantes que serán, al igual que el lenguaje, modificados a voluntad, recodificados y devueltos a una realidad amorfa.
Control y Amor
Una distorsión alucinante en la que el amigo O´Brien traiciona y vapulea cariñosamente. Donde el tiempo se detiene y vuelve y cambia y vuelve otra vez. Tantas veces como sea necesario, tan repetido que de tener vida propia pueda y quiera volverse verdad. Ratificar que la esperanza de escape es un sentimentalismo. La posteridad del Gran Hermano radica en las mentes muertas que le otorgan vida. En no tener memoria de ningún tipo al alcance. De no saber quién está detrás de esa voz que muta en conciencia. Una forma de pensamiento que lleve a quien se cuestiona, rebela y enfrenta a ser perdonado. Un Gran Hermano que benevolente e invisible se compadece y te reinserta en su rebaño electrónico. La culpa seguirá a Winston por haber sido la falla, o por no haber sido una buena falla. Si no hay humanidad ¿Qué cosa queda? Esa expresión mitad forzada mitad sentida, posiblemente pensada pero muy poco reflexiva sobre lo que es adecuado hacer. Como ser político, insertarnos en el sistema de la buena política. O mejor dicho, de lo políticamente correcto. Amar al Gran Hermano, así como la sociedad del siglo XXI ama no ser consciente, ceder el control, delegar la soberanía, no ser humanidad y esparcir la idea de dominio.
1984, "El Gran hermano te observa". Cortesía: Google imágenes
1984, "El Gran hermano te observa". Cortesía: Google imágenes
 

1984... la distopía existe

Orwell se adelantó temerario para algunos, sin embargo no erró por completo. La televisión representa el opio de la mayoría de la humanidad, ya que construye una realidad alterada y en función de las necesidades de las poderosas empresas transnacionales. El control de la información a través de empresas como Cambridge Annalytica que obtuvo del “exitoso” Facebook, datos de millones de usuarios para manipular audiencias e incidir en los resultados de las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos, nos demuestra lo peligroso que es trabajar para seres invisibles que se vuelven con el tiempo más consistentemente invencibles. Los procesos políticos, las campañas electorales, las reformas a constituciones y los acuerdos, tratos, ventas y modificaciones de una realidad en detrimento de la mayoría para beneficiar a los grandes grupos criminales: empresariales, gubernamentales, narcoempresariales, institucionales, científicos y tecnológicos, evidencian los negocios acordados por quienes consideran que la historia y la realidad les estorba para construir una diferente, donde lo que ellos dictaminen y deseen sea para lo único que funcionemos, y tristemente vivamos. El fanatismo religioso o ideológico en general, ofrece una ventana más de un presente orwelliano. Los dirigentes de partidos, movimientos sociales, revoluciones, son vistos en ocasiones como símbolos de divinidad política: adorados, defendidos, promovidos, emancipados, etc.
1984 un presente previsto por George Orwell. Cortesía: Google imágenes
La era digital
La división por bloques aparentemente se gesta a modo de continuación de Guerra Fría. Sólo que ahora con mayor número de participantes. La ciencia coadyuva a tan diversos intereses como la tecnología ofrece las tan distintas posibilidades. El idioma ya nos tanto problema, se entienden digital o económicamente. La finalidad de elegir bando ofrece recompensas, apoyo, implantación de una ideología. El no hacerlo no será una opción por mucho más tiempo. Mientras algunos se sienten héroes, libertadores en un mundo globalizado y supuestamente libre, otros defienden lo tradicional, lo que por haber sido de un modo debe seguir siendo así. Por una parte el intervencionismo y por la otra el aislacionismo. Las reconfiguraciones de la nueva era digital ofrecen máquinas a las máquinas. Generan y difunden lo que debe saberse, dividen, sesgan, ahuecan. Deshumanizan, entierran y construyen. La humanidad representa un problema de sanidad. Podemos ser basura para generar energía o  ser reemplazados. Consumidos y reciclados. Lo mismo da a un sistema que visualiza la ejecución latente de un plan semiperfecto: Impedir el pensamiento que cuestione el presente, anticipándose a un futuro instalando en las mentes la idea de que todo ha sido así y no hay nada que lo pueda cambiar. O por qué no, haciéndolo ver como algo no tan malo.  

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