19 de septiembre: desempolvando la memoria

A un año del terremoto del 19 de septiembre el olvido manifiesto abre paso al recuerdo opresivo. Las actividades planeadas van desde misas y marchas, hasta simulacros y memoriales. Se vuelve necesario y fundamental el recuerdo de lo vivido. Demostrar que la solidaridad no es una fecha más sino una forma de vivir sin cegarnos a la tragedia.
Por: Miguel Sosa

19 de septiembre, el recuerdo en carne viva

- Nos tomamos un minuto en lo que dura el simulacro y continuamos- recuerdo se dijo en medio de una habitación rodeada de vitrinas de vidrio que rebosaban de pastas duras en las que reconocí muy pocos nombres. - Claro, esperemos- contestó Lucía Lagunes, periodista de la agencia de noticias Comunicación e Información sobre las Mujeres (CIMAC). Nombres que habría de ver y reconocer un par de días después de aquel martes 19 de septiembre en varias notas periodísticas.

La capacidad de recordar el pasado como memoria fotográfica es en ocasiones bendición, otras veces embeleso

Una especie de sortilegio que persiste como el polvo en la garganta después de limpiar. Sobre todo cuando no se ha depurado lo suficiente el interior. ¿Quién en su sano juicio conserva el recuerdo de la reacción ante una catástrofe? En México, normalmente se olvida, sin embargo la vida es un fenómeno cíclico. Todo tiende a los reajustes, a los reacomodos. Los muebles de casa cambian de lugar, los sentimientos y pensamientos también mutan. Se guardan aquellos retazos de momentos, se empolvan y brotan cuando menos se espera. Una breve hojeada a unos ejemplares de revistas elaboradas precisamente en Cimac, cimbraba mis ideas. Recuerdo estar sentado y en un diálogo ameno y agradable con mi madre. Súbitamente la incertidumbre llegó. Las primeras miradas que suplieron a las palabras fueron una mezcla rara entre certeza del miedo y confusión de la calma: - ¡Miguel está temblando! ¿Está temblando? No supe si preguntaba, afirmaba o temía. Lo único que puedo asegurar es que al estar con ella ahí me percaté que a veces quien pretende mantener la calma y tranquilizar a los demás termina siendo la persona abrazada. Nos sacudíamos junto a otras vitrinas, también de vidrio. Me pareció una eternidad y aún me parece haber sido mucho el tiempo que duró ese abrazo, y el movimiento. A las 13 horas con 14 minutos del martes 19 de septiembre, como recordatorio para una supuesta sociedad en progreso que se caracteriza por ser olvidadiza, emanó del inframundo un sismo de 7.1 grados con epicentro en la zona limítrofe entre los estados de Morelos Y Puebla.
Cortesía de El Big Data
Cortesía de El Big Data

19 de septiembre, un día para no olvidar

Lo insólito fue la fecha. Otra vez 19 de septiembre. Ya se cumplió un año de la descarga de fuerza de la naturaleza. Con las arterias viales coaguladas de grasa humana, la tecnología pareció cumplir su verdadera función: encaminar a la sociedad a la era del conocimiento. El olvido de lo que genera la solidaridad también empaña la memoria mexicana. Recuerdo cómo en un instante todo cambió: planes, rutina, ideología, pensamientos. La estupefacción fue fugaz porque así como se acuerda uno del dolor, se desempolvan también las imágenes de manos que comenzaron a moverse.

Septiembre era el séptimo mes en el calendario romano. Su nombre hace referencia al vocablo latino septum (siete). En el calendario Gregoriano ocupa el noveno puesto. Un mes asociado con el dios de la mitología romana, Vulcano, relacionado con el fuego subterráneo

El número siete ha sido visto desde tiempos inmemoriales como un puente entre el cielo y la tierra. Una cifra que representa de manera espiritual el universo en movimiento. Para el matemático griego, Hipócrates de Quíos, este símbolo está ligado con los cambios. Los evidentes se escurrían en imágenes en las televisiones y los celulares. Los necesarios se gestaron, aunque hoy ya se hayan olvidado. La sensación de confusión y de extrañeza, el dormir y despertar para ver más de lo mismo, y lo mismo al otro día y al otro, produjeron que se cerniera sobre la sociedad una mirada unívoca. Había que salir adelante, y en parte se logró. La esperanza y la solidaridad caminaban enfundadas en chalecos reflejantes. Pisaban fuerte en aquellos lugares donde había que estar. Daban zancadas agigantadas con sus empolvadas botas. En palabras de los intérpretes de los designios de Hermes Trismegisto (el tres veces grande) todo lo que implica un siete en esencia paraleliza lo terrenal con lo celestial y apela a una unidad. Durante un mes aproximadamente se vivió y materializó esa unión. Miles de Pulgarcitas y Pulgarcitos daban forma a una gigantesca masa que también movía la tierra. Para la astrología el siete señala la finalización de un ciclo y su renovación. La astronomía apunta que los días críticos, aquellos donde la Luna y el Sol forman ángulos hostiles que fomentan una atracción y actividad energética más intensa, suelen ser más evidentes en septiembre.
Cortesía de El big Data
Cortesía de El Big Data
No se dormía bien y se veían intentos por ayudar, pero también por olvidar. La claridad matinal avisaba que había que seguir. Las redes mostraban la resistencia y fortaleza de la gente. Los recorridos eran más largos que de costumbre. Recuerdo la prisa por comprar lo necesario para hacer tortas. Recuerdo también con claridad la sorpresa y alegría al encontrar los centros de acopio a reventar. A unos pasos de la Alameda, un indigente observaba sentado en el asfalto: “Gracias pero ya comí, y mucho” manifestó con una sonrisa y luego agregó “Mejor dénselas a los que las necesitan”. No se me olvida el nudo en la garganta. En mi memoria está el transcurso natural de los días. Llegaba otro y las cifras cambiaban. Los medios seleccionaban sus ángulos. Las redes proliferaban en avisos  y solicitudes. El polvo nublaba los juicios. La parálisis se quitó a pedaleadas, aunque no se podía hacer mucho. Fueron los textos, las opiniones, los abrazos y las charlas los que me hicieron saber que la sociedad era la que colapsaba una ciudad empolvada. Salir y observar me sirvió para cerciorarme de que se estaba caminado. Recuerdo la organización, las risas que devolvían color a lo grisáceo. También los relevos, la sensación de que todas y todos podíamos levantar a México. Por las noches el tiempo era relativo. Gobernaba la oscuridad en rededor y luz en algunos encabezados. Alegraba saber de un nuevo rescate. Leer más, asombrarse más, llorar y sonreír. Nuevamente estar paralizado.

19 de septiembre, la importancia de la memoria

Adentrarse más en la memoria sirve para rescatar el recuerdo nítido de la nube de zozobra y angustia que ponderaba en la esquina de Chimalpopoca y Bolivar: confrontaciones, ansias de protagonismo, insultos, duda e incertidumbre. Comida y cascos. Puños cerrados en alto. Todo un crisol de estímulos visuales y auditivos que complicaban decidir documentar o hacer.
Cortesía de El Big Data
Cortesía de El Big Data

El recuerdo trae consigo sufrimiento, pero también las postales mentales de las montañas de tierra que perdían volumen contrario a los grupos de gente

El hueco en el estómago vuelve al hacer uso de la memoria. Sobre todo cuando “los topos” y un arquitecto, determinaron que no había vida que rescatarse en el lugar. Nuevamente el desconsuelo. La tristeza empaña todavía las miradas. En esos días no existían las ganas de dormir, en estas vísperas tampoco. La sensación de sobrevivir aún sigue, aunque no como la de las personas que fueron rescatadas con vida. Más bien es el letargo. Una gruesa capa de polvo que no deja vivir. La sintonía de la radio no cambió durante más de 30 días desde aquel martes 19. Recuerdo que vi a personas que pensé no querer volver a ver jamás. Sonreí al saber de seres que no pensé quisieran o fueran a ayudar. Me desentumí poco a poco. Las charlas sobre el terremoto todavía son parte de la sobremesa y la convivencia. Lo esperanzador en ese tiempo era que la gente escuchaba más. El derrumbe ya venía desde antes y perdura a un año de haberse producido. El colapso era inevitable. La solidaridad se había ausentado por 32 años y con ella la esperanza. Hoy me doy cuenta como muchas y muchos que la red se tiene que seguir tejiendo. Los movimientos sirven para reposicionarse y limar asperezas con la gente. No precisamente porque se tema a futuros desastres naturales, sino para dejar a la mano la solidaridad y hacer uso de ella más seguido. Los simulacros salvan vidas al igual que el periodismo. Se debe hacer uno que demuestre que no se han olvidado los damnificados. Hay que ser periodistas que desempolven la memoria.  

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